Incrementemos el producto natural bruto

 
Anil Agarwal describe cómo la recolección del agua de lluvia en la comunidad puede solucionar la pobreza ecológica que afecta a los pobres del mundo.

Los altos niveles de “pobreza ecológica” – definida como la falta de un recurso natural sano que es esencial para la supervivencia y el desarrollo de la sociedad humana – constituyen una causa clave de la pobreza económica de los pobres en las zonas rurales del mundo. A la inversa, las tierras y los ecosistemas sanos, usados en forma racional, pueden proveer toda la riqueza económica necesaria para una vida sana y digna.

La pobreza ecológica es diferente de la pobreza económica, en la cual se deleitan los economistas modernos. Dado que la pobreza económica en su mayoría se mide en términos de ingresos en dinero efectivo, es casi irrelevante en la economía de subsistencia de biomasa que sostiene a la mayoría de los habitantes rurales. Los enfoques hacia la pobreza ecológica y la pobreza económica también son muy diferentes. Por lo normal, los economistas hablan de medidas de bienestar al referirse a la pobreza económica; pero los practicantes rurales que han tratado de ocuparse de la pobreza ecológica más vale hablan de “habilitación institucional, legal y financiera’, con especial hincapié en los derechos de propiedad de los recursos ecológicos basados en la comunidad.

De acuerdo al reporte “Estado de la Pobreza del Medio Rural Mundial’, producido por el Fondo Internacional de Desarrollo Agrícola (IFAD) en 1992, más de 2.500 millones de entre unos 4.000 millones de habitantes de 114 países en desarrollo viven en zonas rurales – de éstos, 1.000 millones aproximadamente tienen apenas el mínimo necesario para vivir. Estos pueblos carecen de necesidades básicas tales como agua potable segura, alimento adecuado y atención de la salud. La expectación de vida de casi una tercera parte de los habitantes en el mundo en desarrollo es de apenas 40 años. El informe del IFAD declara que menos de la mitad de la población rural tiene acceso a agua potable segura y menos aún al agua de riego para asegurar una producción agrícola sostenida. Para estos pueblos, la pobreza es una denegación del más básico de los derechos humanos: el derecho a la vida. El “enfoque percolador hacia abajo” ha dejado de llegar a ellos o no ha operado de forma satisfactoria. La masiva persistencia de la pobreza, particularmente en las zonas rurales, representa un grave problema, tanto para las naciones pobres como para la comunidad mundial. El problema no reside únicamente en las consecuencias no deliberadas del paradigma económico preponderante, sino también en la viabilidad del paradigma mismo.

Si bien la pobreza y su relación con el medio ambiente fue reconocida por la Conferencia de las Naciones Unidas sobre el Medio Ambiente y el Desarrollo de 1992, la acción se ha descuidado y las medidas para remediarla en su mayor parte siguen sin implementar. No es por casualidad o accidente que muchos habitantes rurales vivan en zonas de extrema fragilidad ambiental, donde los cambios ecológicos han llevado a la degradación de los recursos naturales. Gran proporción de los pobres rurales del mundo viven en tierras altamente degradadas en China, Asia del Sur, Africa y América Latina. Para ellos, las mejoras en el producto natural bruto son de con mucho más importantes que el producto nacional bruto.

Un delicado equilibrio
Las aldeas del mundo en desarrollo por lo general son microecosistemas altamente integrados. Cada aldea en la India, por ejemplo, tiene sus propias tierras de cultivo, sus pastizales, y tierras forestales, y cada uno de estos sistemas de uso de la tierra interactúa con otros. Todo el ecosistema de la aldea se mantiene en un delicado equilibrio ecológico que es muy fácil de quebrar.

En el curso de los años 1980, la crisis ecológica en la India generó varias notables experiencias de ordenación de recursos naturales basada en la comunidad. Dichas experiencias muestran que la gestión del agua basada en la comunidad, encaminada a la recolección del agua de lluvia local, constituye la actividad organizacional clave para iniciar la restauración de la base ecológica y económica de las aldeas que dependen de una economía de biomasa. Una vez que se dispone del agua, las tierras de cultivo empiezan a producir más y se vuelven menos susceptibles a los períodos de precipitaciones bajas. Poco a poco con el correr del tiempo, la producción basada en los animales también comienza a aumentar. Y una vez que la gente empieza a manejar sus recursos hídricos locales, automáticamente empiezan a comprender la importancia de la protección de las cuencas.
A menos que continuemos con el paradigma existente, no hay necesidad de ver todo negro para el futuro
Las dos aldeas que comenzaron este trabajo en la India a fines de los años 1970, Sukhomajri en Haryana y Ralegan Siddhi en Maharashtra, hoy día han aumentado su riqueza ecológica de la agricultura, la cría de ganado y la silvicultura a tal punto que pueden ganar 1 millón de dólares por año sobre una base sostenible. Lo extraordinario es el poco tiempo – tres a cuatro años – que lleva la transformación de una aldea sumida en la pobreza, carenciada y devastada ecológicamente, en una aldea relativamente bien alimentada y verde. Esta riqueza puede multiplicarse haciendo inversiones regulares en la gestión de los recursos, conduciendo así a un sistema cíclico de crecimiento sostenible.

Transformación alentadora
Nada más alentador ha sucedido en las últimas dos décadas del movimiento medioambiental que la transformación lograda por estas comunidades. Los sistemas burocráticos de gestión de los recursos o bien han fracasado o han demostrado no ser rentables, haciéndolos irrelevantes en un mundo en que los recursos financieros son limitados.

Cuando se les explica esto a la gente, con frecuencia preguntan asombrados “¿cuánto es posible hacer con los recursos locales de agua de lluvia?” La simple respuesta es: muchísimo. Baste con considerar este simple cálculo: ¿Qué cantidad de agua se obtendría si se recolectaran nada más que 100 milímetros de agua de lluvia – la cantidad que cae cada año en Negev, una zona completamente seca de Israel – en 1 hectárea de tierra? La respuesta es: 1 millón de litros. Recolecte toda la lluvia que cae en su aldea y no sólo obtendrá agua suficiente para beber, sino también para el riego de sus cultivos vitales. ¿Y el resultado? Menos pobreza, mejor seguridad alimentaria y mejor salud. Lamentablemente, casi ninguno de los expertos modernos en recursos hídricos al parecer es consciente de esta realidad.

Esto demanda un cambio fundamental en las actuales estrategias de ordenación del agua. En el curso de los últimos 150 a 200 años han ocurrido dos importantes discontinuaciones en todas partes del mundo. En primer lugar, el estado ha emergido como el principal proveedor de agua, reemplazando a las comunidades y los hogares como las unidades primordiales para su suministro y gestión. En segundo lugar, se ha producido una creciente dependencia del uso de aguas de superficie y aguas subterráneas; la antigua dependencia de agua de lluvia y agua de crecidas ha declinado, a pesar de su abundante disponibilidad, mucho mayor que la de las aguas fluviales o subterráneas. No cabe duda de que la creciente crisis del agua del siglo xxi obligará a la humanidad a buscar otras maneras de ordenar los recursos hídricos, incluso el retorno a la gestión del agua basada en la comunidad, con el uso de la tecnología de recolección del agua de lluvia. Las experiencias citadas arriba demuestran que, a menos que continuemos con el paradigma existente, no hay necesidad de ver todo negro para el futuro


Anil Agarwal es Presidente del Centro para la Ciencia y el Medio Ambiente basado en Nueva Delhi (www.cseindia.org) y ha sido miembro de la Comisión Mundial del Agua.

PHOTOGRAPH: Kevin Lane/UNEP/Topham


Este número:
Indice | Editorial K. Toepfer | Respuestas a la mala salud | Encarando la pobreza de agua | Todo está relacionado entre sí | Incrementemos el producto natural bruto | Pongamos fin al SIDA | ¿Quién es dueño de la ciudad? | La nutrición | En breve: La pobreza | Concurso | Informe especial del Banco Mundial: Una doble carga | La contaminación no es justa | Humo y fuego | Rompiendo el círculo del veneno | Farmacias para la vida | Opinión: Cambio – o deterioro | El Atlas Mundial de los Arrecifes de Coral




Artículos complementarios:
Oral A. Ataniyazova: Ask us, involve us (Disasters) 2001
Chee Yoke Ling: No sleeping after Seattle (Beyond 2000) 2000
Cedric Schuster: Tradition matters (Oceans) 1998
Jeffrey A. Thornton: Something old, something new (Fresh water) 1998
Susan Hazen: Environmental democracy (Chemicals) 1997
Oscar B. Zamara: The real roots of security (Food) 1996
Jules N. Pretty: Sustainability works (Food) 1996
Jorge Illueca and Walter Rast: Precious, finite and irreplaceable (Water) 1996
Don de Silva: Grassroots: Pumping with life (Water) 1996
Somsook Boonyabancha: Creating the participatory city (Human settlements) 1996