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Robert D. Bullard describe la lucha por la justicia medioambiental durante las últimas dos décadas en los Estados Unidos y en el resto del mundo. |
| A pesar de las mejoras significativas que la protección medioambiental ha alcanzado durante las últimas décadas, miles de millones de personas en todo el mundo continúan habitando en entornos físicos inseguros e insalubres. Los pobres están desproporcionadamente expuestos a este tipo de riesgos.
El movimiento en favor de la justicia medioambiental surgió como respuesta a las desigualdades medioambientales y sociales, a las amenazas contra la salud pública, a la dispar protección, aplicación de las leyes y trato que reciben las personas pobres y de color. Gracias a este movimiento la protección medioambiental se ha redefinido como un derecho fundamental.
Se han hecho muchos avances desde sus inicios en el condado de Warren, Carolina del Norte, en una comunidad afroamericana eminentemente rural donde, a principios de los años 1980, un peligroso vertedero de residuos hizo estallar una serie de protestas que acabaron en más de 500 detenciones. Estas protestas impulsaron a la Oficina General de Cuentas de los Estados Unidos a iniciar una investigación independiente. También propiciaron que la Comisión por la Justicia Racial de la Iglesia Unida de Cristo redactara en 1987 el histórico informe Residuos Tóxicos y Raza en los Estados Unidos, donde, por primera vez, se relacionaron los emplazamientos de los vertederos con las características demográficas.
La Primera Cumbre Nacional de Líderes de Personas de Color y el Medio Ambiente en 1991 situó el tema de la justicia medioambiental bajo la lupa internacional. Durante cuatro días se reunieron en Washington DC más de 1.000 líderes comunitarios y nacionales de todo el mundo, provenientes de los 50 Estados americanos, Puerto Rico, México y de lugares tan remotos como las Islas Marshall. El 27 de octubre esta Cumbre aprobó los Diecisiete Principios de la Justicia Medioambiental, cuya traducción al español y al portugués se utilizó y circuló entre las organizaciones no gubernamentales y agrupaciones por la justicia medioambiental congregadas en 1992 para la Conferencia de las Naciones Unidas sobre el Medio Ambiente y el Desarrollo y en el Foro Mundial de Río de Janeiro, Brasil.
Numerosos estudios documentan que los pobres padecen mayores riesgos medioambientales para su salud que el resto de la sociedad estadounidense. Los habitantes de esos lugares que jamás aparecerán en las postales se exponen a los mayores peligros medioambientales. Un ejemplo clásico lo encontramos en la pintura con plomo que recubre las casas más antiguas. Aunque la enfermedad de envenenamiento por plomo puede prevenirse, la padecen más de 1,7 millones de niños americanos (8,9% de entre uno y cinco años de edad). Más del 28,4% de todos los niños afroamericanos de escasos ingresos han padecido envenenamiento por plomo, frente al 9,8% de los niños de raza blanca de bajos ingresos. La reciente crisis energética hace más vulnerables a las comunidades de bajos ingresos y de color debido a la instalación de nuevas plantas de energía eléctrica y a la relajación de la aplicación de las leyes sobre la calidad del aire en las antiguas plantas eléctricas más contaminantes. Desde Nueva York a California, la contaminación del aire se cierne sobre la salud de los más pobres, asentados en las zonas urbanas más afectadas. Más del 57% de la población de raza blanca, un 65% de la afroamericana y un 80% de la hispana habitan en 437 condados con una calidad de aire deficiente. Un mal aire es perjudicial, pero además sale caro: el Centro Federal para el Control y la Prevención de Enfermedades estima que las enfermedades relacionadas con la contaminación del aire cuestan unos 14.000 millones de dólares al año. El incremento del ozono se ha relacionado con un aumento del asma, las alergias, las enfermedades cardio-respiratorias y muerte. El asma provoca anualmente 10 millones de días de escuela perdidos, 1,2 millones de visitas a urgencias, 15 millones de visitas a ambulatorios, 500.000 hospitalizaciones. El nivel de hospitalización por asma entre los afroamericanos y latinos es de tres a cuatro veces mayor que entre los blancos.
Las empresas contaminantes y las actuaciones gubernamentales han generado zonas tóxicas abandonadas. El ejército estadounidense ha dejado una estela tóxica desde las playas de Vieques en Puerto Rico, pasando por el centro urbano de Memphis, hasta las zonas salvajes de Alaska. El libro Basuras en Dixie, publicado en 1990, explica la relación entre la explotación de la tierra y de las personas. Por negligencia, Dixie sinónimo del Sur Profundo ha sido sacrificada y se ha convertido en un colector de los residuos tóxicos del resto del país.
Los indios norteamericanos tienen que soportar algunos de los peores niveles de contaminación en los Estados Unidos. A principios de los años 1990 se emplazaron vertederos, incineradoras y plantas de residuos en más de 35 reservas indias. En 1999 los residentes de la reserva de Navajo presentaron una demanda ante la Comisión Reguladora Nuclear para bloquear un permiso de extracción minera de uranio en Church Rock y Crown Point, Nuevo México. Las tribus Mohave en California, Goshutes de Skull Valley en Idaho y Shoshone en Yucca Mountain, Nevada, están todas luchando contra las propuestas de construir vertederos de residuos radiactivos en sus zonas tribales.
El envenenamiento de la comunidad afroamericana en el Callejón del Cáncer en Luisiana, de los indios americanos en sus reservas, o de los mexicanos en las ciudades fronterizas, hunde sus raíces en la explotación económica, en la opresión racial, en la degradación de la vida humana y del entorno natural, y en la avaricia corporativa. La justicia medioambiental anhela empleo y desarrollo económico, pero no a expensas de la salud y del medio ambiente. Propugna que la justicia medioambiental y económica no acaba en las fronteras estadounidenses, sino que se extiende a las demás comunidades y países del mundo amenazados por residuos y productos tóxicos, industrias contaminantes y desarrollo insostenible. Los adalides de la justicia medioambiental luchan por que ninguna comunidad, región o nación, ni pobre ni rica, se convierta en un vertedero tóxico to become a toxic dumping ground.
Robert D. Bullard PhD Profesor de Sociología y Director del Centro de Recursos por la Justicia Medioambiental en la Universidad Clark Atlanta, en Atlanta, Georgia, Estados Unidos (www.ejrc.cau.edu). Es autor del libro Dumping in Dixie: Race, Class and Environmental Quality (tercera edición, Westview Press, 2000). PHOTOGRAPH: Sylvain Majeau/UNEP/Topham Agencia de Protección Medioambiental de los Estados Unidos define la justicia medioambiental como el trato justo y la participación significativa de todas las personas, independientemente de su raza, color, origen nacional o ingresos, en la elaboración, aplicación y ejecución de las leyes, reglamentos y políticas medioambientales." Y continúa: un trato justo significa que ningún grupo de personas, independientemente de sus características raciales, étnicas o socioeconómicas, sufrirá desproporcionadamente las consecuencias medioambientales negativas resultantes de las operaciones industriales, municipales y comerciales o de la ejecución de programas y políticas de ámbito federal, estatal, local o tribal." |
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