Pongamos fin al SIDA

 
Patty Stonesifer describe cómo el SIDA discrimina contra los pobres y dice que éste es el momento fundamental para tratar de detener la propagación de la enfermedad.

Claris Akinyi, una niña de 13 años, ya no salta a la cuerda con sus compañeros – no quieren jugar con ella desde que su padre murió de SIDA. De todos modos, Claris no tiene tiempo para jugar, entre cuidar a su madre, que está muriéndose de SIDA, y atender a sus cuatro hermanos menores con el dólar por día que gana vendiendo maíz.

La historia de Claris es desgarradora, pero no es rara. Su madre se convertirá en una entre 22 millones de mujeres que han muerto del SIDA, y los cinco niños llorando su muerte se unirán a los 13 millones de niños a quienes el SIDA ha dejado huérfanos – la mayoría de ellos extremadamente pobres.

El SIDA puede atacar a cualquiera, no importa de qué condición. Pero en un fuerte sentido, el SIDA discrimina contra los pobres – aquellos que carecen de información, de los recursos, o la palanca social que necesitan para protegerse. La infección afecta más a las mujeres, y más que todo a las más pobres, y millones de madres trágicamente han pasado el virus del SIDA a sus hijos. Un 75% de las personas que viven con SIDA, y 75% de las que han muerto de SIDA, son africanas. Alrededor de 95% de todas las infecciones nuevas ocurren en naciones en desarrollo.

La Fundación Bill & Melinda Gates ha estudiado de cerca el problema de esta falta de equidad – desigualdad en el acceso a educación, tecnología y oportunidades económicas, a través de las razas, países y Continentes. Pero no hemos encontrado falta de equidad más flagrante y destructora que la injusticia en la salud mundial. El mundo en desarrollo carga con el 90% del peso mundial de la enfermedad – y sin embargo estos países sólo reciben un mero 10% de los recursos para la salud en todo el mundo.

La muerte de un niño en el mundo en desarrollo es tan trágica como la muerte de un niño en los Estados Unidos, Europa o el Japón, y nosotros que hemos nacido en el mundo desarrollado tenemos una responsabilidad para ayudar a aquellos que no tuvieron igual destino. Desde un punto de vista práctico, creemos que al mejorar la salud pública hacemos más fácil satisfacer todas las demás necesidades – desde un alfabetismo más alto, hasta una mejor educación, un crecimiento económico más fuerte y una sociedad más estable, más próspera. Esto quiere decir que cuando en alguna parte del mundo existen intervenciones de bajo costo, capaces de salvar vidas, estas intervenciones deberían estar disponibles en todas las demás regiones del planeta. Y cuando se desarrolle una vacuna contra el SIDA, debemos asegurar que se ponga a disposición de todos.

La lucha para un futuro mejor se ganará o se perderá en el campo de batalla de la salud mundial. Si somos capaces de lograr los mismos éxitos con el SIDA, la tuberculosis y la malaria que en el pasado alcanzamos contra la viruela, la poliomielitis y otras enfermedades, literalmente habremos salvado centenares de millones de vidas. Y en efecto, existen las posibilidades para que naciones en Africa y otras partes del mundo podrían alcanzar los mismos éxitos en materias de salud y económicas logradas por países más prósperos como la República de Corea, pero si no somos capaces de responder positivamente a estos retos sanitarios, las probabilidades de que se produzca un cambio son pocas. Es por esta razón que hemos ubicado la salud mundial a la cabeza de las prioridades de la Fundación, y por qué hemos declarado la tarea de poner fin a la transmisión del SIDA en nuestra prioridad de salud número uno.

Nos encontramos en un momento crucial. Los 36 millones de personas infectadas con SIDA muy rápidamente podrían convertirse en 100 millones. Depende de lo que hagamos hoy. La Fundación está trabajando para combatir el SIDA en cinco maneras, a saber:

  • apoyando el desarrollo de una vacuna contra el SIDA;

  • fomentando la educación y la prevención, particularmente entre aquellos individuos que se encuentran en alto riesgo de infectar a otros o aquellos en riesgo de quedar infectados con el VIH, incluso trabajadores de sexo comercial y usuarios de drogas intravenosas;

  • desarrollando nuevos microbicidas eficaces que permitan a las mujeres protegerse a sí mismas aún cuando sus parejas se niegan a hacerlo;

  • apoyando enfoques integrados encaminados a reducir la propagación del SIDA mediante una mayor consciencia pública, prevención, diagnóstico y tratamiento;

  • y por último, ayudando a las comunidades a cuidar de los niños que han quedado huérfanos debido al SIDA.

Desde luego, cualquier meta tan audaz como poner fin a la transmisión del SIDA atraerá a los escépticos, que señalan a la virulenta epidemia en Africa y las crecientes tasas de infección en la India, el Caribe, China y la antigua Unión Soviética. Pero tales estadísticas son mera prueba de que la tarea será difícil, no de que se trate de una tarea imposible.

Por primera vez en 20 años, las excusas de ignorancia y falta de acción han desaparecido. El SIDA se debate ahora en los grandes foros del mundo. El liderazgo de Kofi Annan nos ha dado – a través del Fondo Mundial SIDA y Salud – un vehículo para medir nuestros compromisos financieros contra la escala de la crisis. Gobiernos, organizaciones no gubernamentales, corporaciones, organizaciones multilaterales, así como los más eminentes cerebros en las compañías farmacéuticas y los laboratorios de investigación están luchando juntos en el mismo frente por la misma causa por primera vez en la historia.

En muchos países se están llevando a cabo exitosas campañas de prevención. Cada nación tiene sus propias costumbres y convenciones sociales que pueden hacer difícil discutir la prevención. Ello no obstante, muchos valientes líderes están corriendo riesgos políticos para vencer viejos tabúes, promocionar planes audaces, y hacer cambios espectaculares en la salud de sus naciones.

En Tailandia, el fuerte apoyo del Primer Ministro Thaksin a los esfuerzos de salud pública para desarrollar un sistema de vigilancia del VIH/SIDA y crear una consciencia sostenida entre el público – incluso la campaña “100% uso del condón” para el sexo comercial – disminuyó en dos tercios las tasas de infección de los conscriptos militares de 21 años de edad. Un programa para realizar pruebas para VIH y tratar a mujeres que tienen el virus redujo el riesgo de transmisión de madre-a-hijo en dos tercios.

Senegal, bajo el liderazgo del Presidente Ward, ha mantenido la preponderancia del VIH en un 2% con la intensa promoción del condón, el tratamiento de infecciones de transmisión sexual (ITS), y el éxito logrado en postergar la edad a la cual las jóvenes mujeres tienen su primera experiencia sexual.

Uganda solía ser uno de los ejemplos de mayor desesperanza del SIDA en el mundo. Hoy día, Uganda es un inspirador modelo de lucha contra el mal. Mediante una campaña nacional de base amplia respaldada por el Presidente Museveni, que hace hincapié en el uso del condón, la consejería y las pruebas para VIH, además de proporcionar conjuntos para el autotratamiento de ITS, ha sido posible cortar casi a la mitad la preponderancia general del VIH en adultos, de 14% a 8%, en el espacio de diez años.

En Mozambique, el Primer Ministro Mocumbi se ha expresado con sorprendente franqueza sobre las prácticas que aceleran la propagación del SIDA, y la necesidad de cambiar hábitos a fin de cambiar el futuro. Admite sin ambages que se trata de “una tarea lenta y concienzuda’, pero que “sin duda alguna, la vida de nuestros hijos merece el esfuerzo’.

No puede afirmarse que el mundo se haya cubierto de gloria durante los primeros 20 años de la epidemia del SIDA. Subestimamos la enfermedad, millones murieron, y millones más se encuentran en peligro. Ahora sabemos lo que está en juego y lo que hará falta.

Los gobiernos donantes deben incrementar las inversiones que han hecho hasta la fecha como parte de un esfuerzo mundial para dedicar unos niveles de recursos sin precedente a la salud mundial. Esto exigirá dinero “nuevo”, y no simplemente un cambio de recursos en que los fondos para el SIDA se deducen de fondos destinados a la malaria. Las naciones en desarrollo deben seguir los ejemplos establecidos por líderes como el Presidente Joaquim Chissano de Mozambique quien, durante su término de oficio, ha duplicado el presupuesto para la salud de esa nación. Los dólares deben dirigirse hacia intervenciones efectivas y probadas dirigidas a grupos en alto riesgo, quienes pueden limitar la transmisión del virus si reciben la información y los instrumentos de prevención que necesitan. Por último, hace falta mayor inversión para acelerar la investigación sobre el desarrollo de vacunas contra el VIH, especialmente para las cepas virales predominantes en regiones altamente afectadas.

Podrá ser demasiado tarde para ofrecer una niñez feliz a Claris, pero estamos a tiempo para crear un futuro feliz para sus hijos – si enfrentamos los datos concretos y, juntos, emprendemos las medidas apropiadas


Patty Stonesifer es Copresidenta de la Junta Directiva y Presidenta de la Fundación Bill & Melinda Gates, Seattle, Washington, Estados Unidos.

PHOTOGRAPH: Franz Korbik/UNEP/Topham


Este número:
Indice | Editorial K. Toepfer | Respuestas a la mala salud | Encarando la pobreza de agua | Todo está relacionado entre sí | Incrementemos el producto natural bruto | Pongamos fin al SIDA | ¿Quién es dueño de la ciudad? | La nutrición | En breve: La pobreza | Concurso | Informe especial del Banco Mundial: Una doble carga | La contaminación no es justa | Humo y fuego | Rompiendo el círculo del veneno | Farmacias para la vida | Opinión: Cambio – o deterioro | El Atlas Mundial de los Arrecifes de Coral




Artículos complementarios:
Kristalina Georgieva: Disproportionate effects (Beyond 2000) 2000
Madeleine K. Albright: Changing course (The environment millennium) 2000
Mark Malloch Brown: Empowering the poor (The environment millennium) 2000
Geoffrey Lipman: Travelling hopefully (Tourism) 1999
Leslie Roberts: Focus: Environmental degradation (Oceans) 1998