Trastornando los
mensajes de la vida

 
John Peterson Myers describe cómo la nueva investigación sobre los efectos de los productos químicos está revisando las normas de toxicología y exigiendo nuevos enfoques hacia los reglamentos

Está teniendo lugar una revolución en la manera científica de comprender los impactos de la contaminación sobre la salud. A medida que se va desarrollando, es probable que cambiará radicalmente nuestra comprensión de las consecuencias de los contaminantes para el bienestar humano y con probabilidad exigirá la introducción de cambios fundamentales en la manera de regular los productos químicos.

La revolución arraiga de los descubrimientos científicos que establecen que muchos productos químicos – tanto del mundo natural como sintetizados en el laboratorio – interfieren con los sistemas de mensajes químicos naturales que dirigen el desarrollo biológico de plantas y animales, incluso los seres humanos.

Virtualmente todo desarrollo biológico se halla bajo el control de diversos "sistemas de mensajes químicos" que transmiten instrucciones de los genes a sus blancos, dirigiendo así su desarrollo. Las hormonas, neurotransmisores y factores de crecimiento, entre otros, son elementos clave de estos sistemas de señalamiento de mensajes. Su transmisión exitosa de las instrucciones genéticas es vital para un desarrollo normal sano, dado que controlan casi todos – si no todos – los aspectos del proceso, desde el sexo que tendrá un bebé hasta cuántos dedos tendrá, hasta si su cerebro será capaz de razonamiento inteligente o si su sistema inmune será capaz de resistir a las enfermedades.

La ciencia ha establecido ahora que una amplia variedad de productos químicos pueden trastornar estos mensajes de base genética sin dañar los genes mismos. Mucha atención se ha enfocado en los trastornos del señalamiento hormonal, conocido ahora como disrupción o alteración endocrina.

Las raíces de la investigación en este campo se remontan a los años 1930, pero ha florecido en los últimos diez años gracias a la inversión de importantes fondos de gobiernos de Europa, Japón y América del Norte. Prácticamente todas las semanas se publican nuevos resultados. Estos nuevos hallazgos son ricos en detalle, fascinantes en lo que revelan sobre los mecanismos biológicos, y en ocasiones pasmosos en sus implicaciones.

Por ejemplo, un estudio publicado en julio 2001 por los Centros para Control de las Enfermedades de los Estados Unidos informó sobre una fuerte relación entre la contaminación de DDT en madres y la probabilidad de nacimiento prematuro de sus infantes. Usando muestras biológicas almacenadas en los años 1960, los autores reportan que sus hallazgos indican que en los Estados Unidos se experimentó una epidemia de nacimientos prematuros durante la época del auge del uso de DDT, y que este contaminante persistente podría haber causado hasta un 15% de la mortalidad infantil en Norteamérica durante este período.

Es posible identificar varias tendencias amplias importantes en el patrón de los hallazgos de la investigación de entre los miles de estudios de disrupción endocrina publicados desde principios de los años 1990.

En primer lugar, la investigación confirma que la contaminación por compuestos hormonalmente activos es globalmente ubicua. Nadie está exento de exposición, ni siquiera en la matriz. Lo mismo es cierto para la mayoría, si no todos los organismos, especialmente aquellos más alto en las cadenas tróficas ecológicas, y por ende en el consumo de alimentos en los cuales los contaminantes se han concentrado por bioacumulación. En parte, la contaminación es tan amplia debido a la redistribución mundial de los contaminantes transportados por el aire y el agua. Por otra parte, la inclusión involuntaria pero omnipresente de compuestos hormonalmente activos en los productos de consumo – tales como muchos cosméticos y plásticos – también hacen su contribución.

En segundo lugar, los efectos de la exposición pueden observarse a niveles muchísimo más bajos de lo que se creía eran relevantes para la salud una década atrás. Los científicos están midiendo los impactos de disrupción endocrina de contaminantes como arsénico, dioxina, y bifenol A (un componente básico del plástico de policarbonato) en partes-por-millón bajas. Esta medición era imposible 20 años atrás (los instrumentos científicos simplemente no eran tan exactos por entonces), además de ser sumamente polémica hasta la revisión reciente y la confirmación empírica.

En tercer lugar, los hallazgos indican que virtualmente todos los sistemas de mensajes químicos son vulnerables, en principio, a la disrupción o trastorno del mensaje. El trabajo en este campo se había concentrado durante décadas a la interferencia con el estrógeno. A medida que el enfoque se fue expandiendo hacia otras hormonas se ha descubierto la existencia de uno o más contaminantes disruptivos para cada sistema estudiado con atención, incluso el sistema tiroideo (involucrado en el control muy básico del desarrollo), y los glucocorticoides (importantes para el metabolismo y la supresión de tumores, entre otras cosas). En verano de 2001, nuevos resultados vinieron a reforzar esta tendencia de manera espectacular, con un informe que afirmaba que la simbiosis ecológica entre las plantas leguminosas como alubias o porotos y la bacteria responsable de la fijación del nitrógeno es vulnerable a disrupción por contaminantes. Esta simbiosis, mediada por la comunicación química entre la planta y la bacteria, es un componente vital del ciclo global del nitrógeno. Y por último, los efectos de preocupación sobre la salud se han ampliado enormemente más allá de aquéllos del foco tradicional para la toxicología. Los estudios de laboratorio demuestran de forma inequívoca efectos sobre la resistencia a la enfermedad, la función cognitiva y la fertilidad resultante de exposiciones de bajo nivel.

Estos hallazgos deberían ser de gran preocupación para las personas, las organizaciones y agencias concentradas en el desarrollo económico humano y la equidad. Está claro, por ejemplo, que los antecedentes de niveles de contaminación pueden reducir la resistencia de los niños a los agentes infecciosos. Mayores investigaciones en este campo podrían forzar a una nueva evaluación radical de las víctimas de contaminación, puesto que esto implica que muchas muertes y enfermedades se hubiesen evitado si los contaminantes no hubieran reducido su resistencia.

De modo similar, la investigación sugiere que la exposición amplia a contaminantes neurológicamente activos – tal como podría ocurrir, por ejemplo, en zonas agrícolas en el mundo en desarrollo con uso intensivo de plaguicidas – podría conducir a la erosión de capacidades cognitivas en toda la comunidad. En un mundo en que la información es "moneda" económica clave, esta carga de contaminación podría consignar al margen económico a los así afectados para siempre.

Estas tendencias emergentes están forzando a los toxicólogos hacia varios cambios conceptuales que conducirán a cambios fundamentales en las maneras en que se manejan los productos químicos. La más importante de éstas involucra un cambio en la manera de pensar de los toxicólogos respecto a lo que es relevante para la salud humana.

La toxicología tradicional se concentra en los daños, tales como la muerte de células, mutaciones, cáncer o genotoxicidad. La disrupción de los mensajes puede causar todos éstos, pero los efectos también pueden ser de naturaleza muy diferente, mas igualmente importante. Y, cosa que supone el reto mayor para la toxicología tradicional, la disrupción del mensaje no actúa arrollando las defensas del cuerpo (o de las células). Actúa secuestrando el proceso de desarrollo, agregando o restando de los mecanismos de control propios del organismo a niveles de exposición notablemente bajos. Al alterar el camino del desarrollo, ya sea sutil u ostensiblemente, la disrupción del mensaje conduce a la víctima a un futuro diferente. La diferencia puede ser pequeña, como en la pérdida de unos pocos puntos del cociente de inteligencia, o puede ser grande, como en un sistema inmune totalmente disfuncional.

Tradicionalmente, la toxicología se ha enfocado en el impacto de altos niveles de exposición en un pequeño número de individuos. Este nuevo enfoque requiere tomar en consideración exposiciones amplias de nivel bajo experimentadas por muchos individuos – niveles de exposición que muchos habían descartado como "antecedentes", y por implicación, como irrelevantes.

Tomados en conjunto, estos nuevos hallazgos científicos se agregan a la creciente presión para cambiar las reglas básicas de la regulación de los productos químicos. Una vez más hemos considerado las cosas a medias. Nuestra capacidad de sintetizar los productos químicos se adelantó con mucho a nuestra comprensión científica de sus impactos. La evaluación de riesgos tradicional permitió que se comercializaran y distribuyeran ampliamente, causando omnipresente contaminación. La epidemiología, socia de la evaluación de los riesgos en el desarrollo de estándares protectores, por definición actúa únicamente después de una epidemia. Aún entonces, sus instrumentos son notablemente insensibles en los estudios a los efectos de la disrupción endocrina, y fuertemente sesgados hacia resultados negativos hasta cuando existen efectos reales.

La respuesta, aún imperfecta, reside en la implementación de medidas de precaución que impongan requisitos mucho más estrictos a productos antiguos y nuevos por igual. Como reconociera el Comité Sueco de Política sobre Productos Químicos, ciertos atributos deberían constituir criterios eliminatorios. Los componentes bioacumulativos persistentes, por ejemplo, deberían ser eliminados para su uso aún sin haber demostrado riesgo toxicológico alguno. Cualesquiera materiales de disrupción endocrina deberán ser retirados de los productos de consumo y su emisión al medio ambiente retirada paulatinamente. De forma más general, la demostración de impactos biológicos potencialmente perjudiciales en los estudios de laboratorio deberían invertir el peso de la prueba en el desarrollo de las regulaciones, de un enfoque en el cual es necesario demostrar el daño antes de retirar un producto, hacia un enfoque en el cual la seguridad es garantizada más allá de duda razonable antes de permitir el uso amplio de un producto. Estas medidas ayudarán a asegurar que los beneficios de la química moderna de los cuales hoy todos disfrutamos no nos hagan pagar un alto precio más adelante


Dr. John Peterson Myers, coautor de Our Stolen Future (Dutton, 1996) es Consejero Superior de la Fundación de las Naciones Unidas y Senior Fellow, Commonweal.

Foto: Sameeha M. Zaman/PNUMA/Topham


Este número:
Indice | Editorial K. Toepfer | Puertas abiertas | Progreso y posibilidades | Un paso más adelante | Enfrentando el reto | Una llamada para despertar al mundo | Seguridad en un mundo en disminución | Premio Sasakawa 2001 para el medio ambiente | Concurso | Economía doméstica mundial | Trastornando los mensajes de la vida | Ubicuos y peligrosos | Mucho ya hecho – y mucho por hacer | Controlando los COP | Una primera línea de defensa | Invirtiendo la carga de las pruebas

Artículos complementarios:
En el número: Chemicals 1997 incluso:
Theo Colborn: Restoring children’s birthrights
James B. Willis: unep Chemicals: protecting public health and the environment
(Hazerdous Waste) 1999
AAAS Atlas of Population and Environment:
Population and biodiversity,
Polar Regions