Midiendo
la insostenibilidad

 
Partha Dasgupta mira más allá de los criterios convencionales del desarrollo y llega a unas conclusiones sorprendentes

Las perspectivas de desarrollo económico en los entonces emergentes países de Asia y Africa recién se convirtieron en un asunto de investigación establecido en los años 1950. Desgraciadamente, los economistas se enamoraron de la idea de que los incrementos en el producto nacional bruto (PNB) eran la clave para el desarrollo económico. Por cierto, reconocieron el crecimiento del PNB únicamente como un medio para un fin, pero no tardó en adquirir una vida propia en los debates públicos. La pregunta “¿crecimiento en qué?” se contestaba con “crecimiento en el PNB”. La economía del desarrollo rápidamente adquirió un dogma central que, para los países pobres, aumentar la tasa de inversión era el camino al desarrollo económico sostenido.

Con el tiempo, empezaron a observarse dos problemas. Primero, a menos que las mercancías y los servicios se valoraban a sus precios apropiados, la inversión sería dirigida a la producción del tipo de productos equivocado. La experiencia del desarrollo muy pronto se vio plagada de ejemplos de industrias que se las arreglaban para sobrevivir únicamente gracias a la protección de la competencia doméstica y extranjera. Segundo, si las instituciones prevalentes eran débiles, los rendimientos podían ser desastrosamente bajos, aún cuando se elegían los proyectos de inversión correctos. Durante los años 1970, los economistas del desarrollo concentraron la atención en el primero de estos problemas y buscaron maneras de identificar proyectos de inversión socialmente productivos y políticas económicas posibles de respaldar. Desde entonces, su enfoque ha cambiado hacia el segundo problema, debido al creciente reconocimiento de que en los países pobres, los gobiernos con demasiada frecuencia no funcionaban en el interés de sus ciudadanos.

De modo que hoy día, los economistas del desarrollo se dedican al estudio de reformas institucionales, tales como maneras de aumentar la eficacia y el alcance de los mercados, y maneras de reconstruir instituciones comunitarias locales debilitadas o que han fracasado. Este énfasis en instituciones como un vehículo para el desarrollo económico en cierta medida ha marginado el análisis de políticas. Pero una política que puede ser deseable en una situación institucional dada bien podría ser indeseable en otra. La elección de política y la reforma institucional son ejercicios interrelacionados.

Aun si el enfoque en la investigación ha cambiado, la moneda con la cual medimos el desarrollo económico siguió basándose en el PNB per capita. En años recientes se ha agregado el Indice de Desarrollo Humano de las Naciones Unidas (IDH), que combina el PNB per capita, la expectación de vida al nacer y el alfabetismo. Pero ambas medidas reflejan preocupaciones de corto plazo, mientras que la cuestión de si los patrones de desarrollo contemporáneos son sostenibles nos obliga a mirar al futuro lejano.

Las perspectivas a largo plazo de una economía son configuradas por sus instituciones, y por el tamaño y la distribución de su activo de capital. Tomados en conjunto, éstos forman su base productiva, la fuente del bienestar de una sociedad a través del tiempo.

Los economistas llaman “riqueza” al valor de los activos de capital de una economía. Yo adopto aquí una noción integral de riqueza: la lista de activos, o bienes, incluye activos fabricados (caminos y edificios, maquinaria y equipo, cables y puertos), capital humano (conocimiento y habilidades), y una amplia serie de capital natural (petróleo y gas natural, pesquerías y bosques, servicios de ecosistema). Decir que la riqueza ha crecido es decir que, en conjunto, ha habido una acumulación neta de activos de capital. En los párrafos siguientes llamaré esto “inversión auténtica” en contraste con la inversión registrada. En vista de que los servicios de muchos activos de capital no figuran en las cuentas nacionales, la inversión auténtica puede ser negativa aún cuando la inversión registrada es positiva.

Es posible demostrar que la riqueza mide el bienestar de una sociedad, tomando en cuenta tanto su presente como su futuro. Después de corregido para cambio demográfico, el bienestar de las generaciones actuales y futuras, consideradas juntas, incrementa si la inversión auténtica es positiva. De manera que los cambios en la medida “riqueza” creados por políticas económicas pueden usarse para identificar si éstas conducen a una pauta de desarrollo sostenible.

Por contraste, el PNB – como la suma conjunta de consumo e inversión bruta – es insensible a la depreciación de los activos de capital. Puede incrementar durante cierto tiempo hasta cuando la inversión auténtica de una economía es negativa y la riqueza disminuye. Esto puede suceder, supongamos, cuando se producen aumentos en el PNB explotando los activos de capital – por ejemplo, degradando ecosistemas y agotando depósitos de petróleo y minerales – sin invertir parte de los ingresos en formas de capital substituto, tales como en capital humano. De manera que hay poca razón para esperar que los movimientos en el PNB sean paralelos a los de la riqueza. No es posible utilizar el PNB para identificar políticas de desarrollo sostenible, ni tampoco, como veremos más adelante, puede usarse el IDH para ello.

Las cuentas nacionales son ahora sumamente sofisticadas, pero pasan por alto los cambios producidos por actividades económicas en las reservas de muchos recursos naturales. Tampoco registran el uso que hacemos de millares de servicios brindados por la naturaleza, entre otros manteniendo una biblioteca genética, preservando y regenerando el suelo, fijando el nitrógeno y carbono, reciclando nutrientes, controlando inundaciones, filtrando contaminantes, asimilando desechos, polinizando cultivos, operando el ciclo hidrológico, y manteniendo la composición de la atmósfera. Todos éstos son pasados por alto porque generalmente no vienen con un precio marcado. La razón es que con harta frecuencia, los derechos de propiedad para el capital natural resultan imposibles de establecer, sin hablar siquiera de hacer cumplir, debido a que en muchos casos el capital es móvil (las aves, las mariposas, el agua de los ríos y la atmósfera son prototípicos para esto).

Aun así, con algún esfuerzo, sería posible asignar precios teóricos a los servicios de la naturaleza que ayudarían a reflejar sus valores teniendo en cuenta su carácter escaso. En el estado actual de las cosas, el efecto de la interconexión de diversas formas de capital natural a menudo es excluido en las transacciones económicas. Así, para dar un ejemplo, quienes destruyen manglares para crear criaderos de camarones no están obligados a compensar a los pescadores que dependen de ellos. Mientras tanto, lagunas, tanques, campos de trilla, campos de pastoreo y suelos arbolados albergan recursos móviles, tornándolos poco adecuados como propiedad privada.

Hace mucho que las comunidades rurales en países pobres reconocieron estos problemas profundamente subyacentes y desarrollaron mecanismos institucionales locales para superarlos. Recientemente, los investigadores identificaron una amplia variedad de instituciones no de mercado – a menudo comunitarias – en comunidades rurales, que actúan como mediadores para transacciones económicas en servicios de la naturaleza. Desgraciadamente, en muchas de las regiones más pobres del mundo el poder de las instituciones comunitarias se ha visto muy debilitado en fecha reciente. Cuando no están operando ni son reemplazadas de forma adecuada, los más pobres con frecuencia son quienes más sufren mientras su recurso ecológico básico va deteriorando.

Un cambio de política puede crear toda suerte de efectos que dejan ondas a través del sistema, desapercibidos por los no afectados. Encontrar el rastro de estas ondas requiere entendimiento de las interacciones no de mercado y su interacción con los mercados. Identificar políticas de desarrollo sostenible involucra, entre otras cosas, valorar estas ondas y, por consiguiente, los servicios de la naturaleza. Podemos apreciar ahora cómo las debilidades de las cuentas nacionales reflejan aquéllas en la evaluación de las políticas. Dado que típicamente los servicios de la naturaleza son demasiado baratos, es razonable temer que el desarrollo económico moderno probablemente haya sido voraz en su uso del capital natural.

¿En qué medida la inversión auténtica no llega a alcanzar la inversión registrada? El Banco Mundial ha proporcionado estimados de inversión auténtica en algunos países añadiendo la inversión neta en capital humano y natural a los estimados de inversión en capital manufacturado. Pero estos estimados son incompletos. Por ejemplo, únicamente se incluyen los bosques comerciales, el petróleo y minerales, y la atmósfera como un medio receptor para el dióxido de carbono entre los recursos que forman el capital natural (los recursos hídricos, los bosques como agentes de secuestro de carbono, pesquerías, contaminantes del aire y del agua, suelos y biodiversidad fueron excluidos). De modo que existe una cuenta deficiente, con una discrepancia posiblemente grave. Lo que es más, algunos de los métodos utilizados para estimar precios son dudosos. Ello no obstante, hay que empezar en alguna parte. La tabla a la derecha usa las cifras del Banco Mundial y evalúa el carácter del desarrollo económico reciente en Africa al Sur del Sahara, el subcontinente indio y China, donde vive la mayor parte de los 1.000 millones de habitantes más pobres del mundo.

La primera columna contiene los estimados de inversión auténtica del Banco Mundial, como una proporción del PNB, durante 1973-1993. Bangladesh y Nepal han retirado su inversión: el conjunto de sus activos de capital ha declinado. Por contraste, la inversión auténtica ha sido positiva en China, India, Pakistán y en Africa al Sur del Sahara. Mas cuando se toma en cuenta el crecimiento de la población, el cuadro cambia.

La segunda columna de cifras contiene la tasa anual de crecimiento de la población durante 1965-1996. Todos, a excepción de China, experimentaron tasas de crecimiento superiores al 2% anual, alcanzando un 3% en Africa al Sur del Sahara y Pakistán. A continuación, estimé el cambio promedio anual en riqueza per capita durante 1970-1993 – multiplicando la inversión auténtica como una proporción del PNB por el ratio promedio de producción-riqueza de una economía para obtener el ratio inversión-riqueza, y comparando luego los cambios en este último con cambios en el tamaño de la población.

En vista de que una variedad de activos de capital (por ejemplo, capital humano y diversas formas de capital natural) no están incluidos en las cuentas nacionales, existe un sesgo en los estimados publicados del ratio producción-riqueza. Tradicionalmente, se ha supuesto que se trataba de alrededor de 0,30 por año. Aquí he usado 0,15 por año como un chequeo contra el sesgo en los estimados tradicionales para países pobres. Pero hasta estas cifras casi con seguridad son demasiado altas.

La tercera columna de la tabla contiene mis estimados de la tasa de cambio anual en el índice de riqueza per capita que mencionara más arriba. Para llegar a estas cifras he multiplicado la inversión auténtica como una proporción del PNB por el ratio producción-riqueza, restando luego la tasa de crecimiento de la población. Esta es una manera cruda de ajustar para el cambio en la población, pero unos ajustes más exactos involucrarían mayor computación.

Lo que llama la atención en la tercera columna es que durante los últimos 30 años ha habido desacumulación de capital en todas partes excepto en China. Esto tal vez sea poco sorprendente para Africa al Sur del Sahara, pero en cambio debería sorprender en el caso de Bangladesh, India, Nepal y Pakistán. Hasta China – tan encomendada por sus políticas económicas progresivas – sólo apenas logró acumular riqueza superior al crecimiento de su población. Si usáramos una cifra más baja – casi seguramente más exacta – para el ratio producción-riqueza, se reduciría la tasa de acumulación de China. Por otra parte, los estimados de inversión auténtica no incluyen la erosión del suelo ni la contaminación urbana, que se estima constituyen problemas especialmente importantes en China.

¿Cómo se comparan estos cambios con aquéllos en las mediciones convencionales? La cuarta columna contiene estimados de la tasa de cambio del PNB per capita durante 1965-1996, y en la quinta se registra si el cambio en el Indice de Desarrollo Humano de las Naciones Unidas a través del período 1987-1997 fue positivo o negativo.

Obsérvese cuán engañoso sería nuestra evaluación del desarrollo económico a largo plazo en el subcontinente indio si observáramos las tasas de crecimiento en el PNB per capita. En Pakistán, por ejemplo, éste aumentó en razón de un saludable 2,7% por año, implicando que el índice dobló en valor entre 1965 y 1993. Sin embargo, las cifras implican que, durante ese mismo período, el promedio pakistaní empobreció en un factor de aproximadamente 1,5.

Bangladesh también ha desacumulado capital. Se ha registrado que el país vio una expansión de 1% durante 1965-1996. Y no obstante, las cifras implican que la riqueza del habitante de Bangladesh de promedio había disminuido a la mitad al final de ese período, comparada con la del principio. India ha evitado un descenso agudo en la riqueza per capita. Empero, si las cifras se toman literalmente, el habitante indio de promedio era ligeramente más pobre en 1993 que en l970.

La situación de Africa al Sur del Sahara es especialmente lamentable. A una tasa de declinación anual de 2% en la riqueza per capita, la pobreza de una persona de promedio en la región dobla cada 35 años. La tabla revela que la región ha experimentado un enorme descenso en sus activos de capital en el curso de las últimas tres décadas.

El Indice de Desarrollo Humano es aún más engañoso. Como muestran las columnas tres y cinco, ofrece el cuadro exactamente opuesto al que deberíamos obtener: el crecimiento de Africa al Sur del Sahara en los años 1990 y el descenso para China. Bangladesh y Nepal fueron ejemplares en términos del IDH, pero ambos han desacumulado sus activos de capital a una tasa alta.

Las cifras indicadas en la tabla son algo improvisadas, de modo que convendrá sacar conclusiones con cautela. Pero también demuestran que tomar en cuenta el capital humano y natural puede hacer diferencias sustanciales en nuestro concepto del proceso de desarrollo. La implicación es deprimente: el subcontinente indio y Africa al Sur del Sahara, dos de las regiones más pobres del mundo, con algo así como un tercio de la población mundial, se han vuelto aún más pobres a través de las últimas décadas  


El Prof. Sir Partha Dasgupta ocupa la Cátedra de Profesor de Economía Frank Ramsey en la Universidad de Cambridge y es profesor del St. John's College, Cambridge (Inglaterra).

El presente artículo ha sido condensado de una ponencia escrita para Nuestro Planeta en ocasión de la Cumbre Mundial sobre el Desarrollo Sostenible, 2002. La ponencia completa, con notas a pie de página, puede obtenerse en la edición inglesa de la revista en ourplanet.com. Las ideas expresadas aquí han sido desarrolladas más ampliamente en el libro de Sir Partha Dasgupta, Human Well-Being and the Natural Environment (Oxford University Press, Oxford, 2001).

Foto: James Barton/UNEP/Topham



Este número:
Indice | Editorial K. Toepfer | Una agenda de esperanza | Cambiando el paradigma | Una sola Tierra | Quitando los paréntesis | Renacimiento africano| Una oportunidad que no podemos perder | GEO-3 de un vistazo | Lo que piensa la gente | Recuperar el impulso | Midiendo la insostenibilidad| Renovando la red | Programa de transformación | Las grandes empresas deben dar cuentas | Salir al terreno | Carta a los Delegados| Necesitamos un sueño| Dos caras de una misma moneda: el antes y el después de Johannesburgo


Artículos complementarios:
En el número: Production and Consumption, 1996
En el número: La pobreza, la salud y el medio ambiente, 2001
En el número: Beyond 2000, 2000

AAAS Atlas of Population and Environment:
Population and consumption trends