Una escasez
galopante

 
Ashok Khosla
dice que la escasez de agua está perjudicando la salud, restringiendo la agricultura y la industria y convirtiéndose en una seria fuente de conflicto

Algunos podrán pensar que la humanidad está ganando su batalla contra la naturaleza. Mas si el conflicto se prolonga por mucho tiempo más, es seguro que perderá la guerra. Mucho antes de que hayamos conseguido extinguir todas las demás especies que comparten este planeta con nosotros, la destrucción de sus frágiles sistemas de sostenimiento de vida con seguridad habrá eliminado todo cuanto valoramos como civilización.

Cada vez más habitantes viven sobre el planeta, cada uno con demandas de cada vez más cosas, no precisamente una proposición sostenible frente a una base de recursos finitos. El ingenio del hombre y la tecnología sólo pueden comprarnos un poco de tiempo. No pueden solucionar el problema fundamental subyacente. Esto únicamente puede hacerse aminorando el ritmo del crecimiento de la demanda para los servicios que provee nuestro medio ambiente.

A través de los últimos 30 años, para algunos de nosotros los límites establecidos por la naturaleza se han hecho cada vez más evidentes. Pero lo mismo no es la opinión de muchos otros. La principal razón para ello es, por supuesto, que para la mayoría de la gente --lo mismo que para la mayoría de los avestruces-- resulta más fácil ignorar el peligro inminente que hacer los inconvenientes cambios necesarios para tratarlo. Para ellos, tales límites recién se volverán aparentes una vez que ya se hayan sobrepasado. El problema es que --dada la matemática exponencial de los procesos naturales y los largos lapsos de tiempo entre causa y efecto-- cuando la prueba está disponible, ya es demasiado tarde.

¿Pero cuántas pruebas necesitamos? Los combustibles fósiles bien podrán parecer abundantes hoy día, pero hasta los más recalcitrantes geólogos del petróleo admiten que no pasarán muchas décadas antes de que se volverán escasos, particularmente si todo el mundo empieza a utilizarlos en forma tan displicente como los países industrializados lo hacen en la actualidad. ¿Por qué otra razón naciones bien informadas emprenderían guerras para proteger los suministros de tales recursos?

Las amenazas a los sistemas de sostenimiento de vida --la capa de ozono de la estratosfera, el clima mundial, la biodiversidad-- ya han alcanzado etapas en las cuales, dentro de una década o dos de reconocerlas, se han colocado a la cabeza de la agenda internacional.

Entre todos los recursos y procesos naturales, el agua es un recurso sobre el cual es más probable que ocurran conflictos dentro de unas pocas décadas, no simplemente entre naciones, sino también entre provincias y dentro de las comunidades mismas. Ya podemos encontrar señales de tal conflicto hoy día, a veces manifestados en forma de abierta violencia, a veces camuflados por precarias treguas y acuerdos: en el sudoeste americano, en la Cuenca del Danubio, en el Subcontinente indio.

El agua es la “línea vital” de la mayoría de las actividades humanas: agrícolas, industriales, domésticas. Casi el 70% de todos los tejidos vivos y más del 50% de todas las materias primas en la producción industrial consisten de agua. No sólo la civilización, sino la vida misma, depende del agua.

Escasez local
El agua se ha tomado por sentada --y nunca ha sido tratada explícitamente como un recurso-- porque siempre ha estado a libre y abundante disposición durante la mayor parte de la historia, y en casi todas partes del mundo. Pero ahora, de repente ya no es así. En el espacio de unas pocas décadas, el crecimiento de la población y la actividad económica la han llevado de la abundancia mundial a la escasez local.

La razón primordial para esto es que, por tradición, el agua ha sido un recurso de “libre acceso”. Ha estado disponible por orden de llegada, libre y gratuitamente. Esto significaba que se hacía uso, y abuso, del agua sin consideración de su costo intrínseco o de su contribución de valor agregado... ni del impacto sobre su disponibilidad a largo plazo. Y, por supuesto, a medida que se va tornando cada vez más escasa, es apoderada por quienes poseen el poder político o el capital económico para obtenerla mediante el control de sus fuentes y canales de distribución.

El costo de suministro
Estudios recientes han demostrado que, tal vez más que el de cualquier otro recurso, el precio del agua es extremadamente barato. Muchos usuarios en la agricultura, en la industria y en el hogar la obtienen a un precio que es una centésima parte del costo de suministrarla, y una milésima parte del precio del valor que añade a los productos y los servicios que posibilita.

No sorprende que nuestra agricultura y nuestra industria dependen de tecnologías que consumen este precioso recurso con tanto despilfarro. Ni sorprende que resulte en una escasez que aumenta a un ritmo tan acelerado.

Como en el caso de cualquier otro recurso escaso, es necesario poner precio al agua. Un precio no demasiado alto, ni demasiado bajo, pero escalonado con criterio para hacerla accesible para todos los sectores de la sociedad. También es necesario colocarla dentro del control local de las comunidades, que pueden decidir su distribución entre los diferentes usos y usuarios que la necesitan.

Unicamente así será posible conservar y mantener el agua, y únicamente así podrá ser equitativa e imparcialmente disponible para todos, ricos y pobres.

Hemos arribado ahora a un punto en que la escasez de agua no sólo está restringiendo la agricultura y la industria, sino está poniendo seriamente en peligro la salud de nuestro pueblo. A medida que la población aumenta y cada persona demanda cada vez más mercancías y servicios que dependen del agua, esta escasez sólo puede empeorar.

La escasez de agua está en la raíz de dos de los ejemplos primordiales de los círculos viciosos en los cuales pueden verse atrapados los procesos económicos. En el primer caso --el círculo vicioso de pobreza y agua-- la falta de agua limpia conduce a enfermedad, pérdida de tiempo productivo y costo financiero, que a su vez conducen a falta de ingreso disponible y por ende a incapacidad de pagar por agua limpia, que a su vez conduce a mayor deterioro en la salud y la productividad, que a su vez conduce a falta de ingreso, etcétera, etcétera.

Equilibrio viable
El segundo resultado, tal vez no tan obvio, es el ciclo vicioso de afluencia e influencia. Quienes pueden permitírselo, compran agua de alta calidad para todas sus necesidades, y aseguran que están adecuadamente protegidos contra los impactos de la escasez general del recurso. Esto no constituye un fenómeno menor: el dinero gastado hoy día en muchos países en agua embotellada para beber es comparable al total de los fondos gastados por las agencias públicas en el suministro de agua potable. Los ricos ya no tienen el mayor interés en la calidad y el desempeño del servicio público y por ende es poco su incentivo para usar su influencia en cambiar las políticas o prioridades de inversión. El resultado es un movimiento hacia la privatización de los servicios para los ricos y la marginalización de los servicios a que tienen acceso los pobres.

En ultima instancia, ninguno de estos dos círculos viciosos puede ser bueno para cualquiera, rico o pobre.

Lograr un equilibrio viable entre el suministro y la demanda para el agua no es tarea fácil. Los problemas involucrados son complejos y a menudo se confunden con los efectos. Con frecuencia, el suministro y la demanda no son independientes uno de otra: las intervenciones que aumentan el suministro también pueden aumentar la demanda, con el resultado de poca mejora en el mejor de los casos, y en un efecto bumerang contraproducente en el peor de los casos. La mayoría de las actuales políticas y medidas desgraciadamente tienden a tratar síntomas y curas más bien que la prevención, para obtener beneficios a corto plazo a expensas de alcanzar metas societales a largo plazo.

No es posible solucionar ningún problema complejo con medidas simples unidimensionales, sin fondo. Tal es el caso del agua, en particular. Mas aun así, resulta útil encarar estos problemas basándose en marcos conceptuales fácil y ampliamente comprensibles. Para el agua, como para otros recursos, éstos se reducen a los tres pilares fundamentales del desarrollo sostenible, a saber:

  • Los asuntos de la gente y la naturaleza: la gestión de los recursos hídricos

  • Los asuntos de la gente y las máquinas: las tecnologías para el agua

  • Las interacciones entre gente y gente: las instituciones para el agua.

Las soluciones residen en volver a plantar los árboles y regenerar los arrecifes, en instalar pequeñas estructuras locales para el aprovechamiento de las aguas, fijar un precio que cubra el costo total del agua, el uso cuidadoso y sensato de subsidios, en tecnologías para la conservación del agua, y en sistemas de ordenación que respondan a cada caso en particular. Estas soluciones a su vez requieren los mismos tres pilares de empeño humano: buenas prácticas de gestión para alentar la conservación del recurso natural, buena ciencia para diseñar tales prácticas, y buenas instituciones de gobierno para ayudar a internalizarlas como procesos de toma de decisión comunitaria


Ashok Khosla ganador del Premio Sasakawa del PNUMA para 2002 es Presidente de Development Alternatives.

Photo : Sanjay Acharya/UNEP/Topham


Este número:
Indice | Editorial K. Toepfer | Mensaje para el Día Mundial del Medio Ambiente | El agua es vida | El siglo del agua | Empezar por la fuente | Renovando el compromiso | Ciudades sin agua | Tener a raya la contaminación | Gente | En breve | Un cambio de agenda | Una escasez galopante | Un puente sobre aguas turbulentas | Publicaciones y productos | Venciendo los obstáculos | Merma alarmante | Sin desperdicio | El agua: la prioridad de los pobres | Poder atómico

 
Artículos complementarios:
Ashok Khosla: Under Threat (Looking Forward) 1999
En el número: Water, 1996
En el número: Freshwater, 1998


AAAS Atlas of Population and Environment:
Freshwater
Freshwater wetlands
Mangroves and estuaries