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Como antillana, el océano juega un papel crítico en mi vida. Todos los días, el océano está aquí para mí, brillando cuando me despierto. En cada memoria feliz de mi adolescencia --y ahora como mujer adulta-- el océano está en el fondo de mi vida. Fue mi niñera cuando era bebé, mi maestro cuando fui creciendo, mi compañero de baile en mis primeras fiestas, mi amigo cuando necesitaba a alguien con quien hablar. Me habla cuando me estoy durmiendo; está presente en casi todos mis sueños.
Vivo en la parroquia de Saint James en Jamaica, conocida por sus habitantes y los turistas como una playa de paraíso donde la gente puede relajarse, hacer vida social y pasar un maravilloso día nadando en el mar. Debido a que vivimos junto al océano, el océano forma parte de nuestra familia. Lo queremos y lo cuidamos como un hermano o una hermana mayor. Jamás se nos ocurriría dañarlo. La mayoría de la gente en la parroquia depende de él para su sustento. Sin embargo, hay otras partes en Jamaica donde el océano no ejerce un impacto social o económico mayor sobre la vida de la gente. Ahora estoy estudiando en Kingston, la capital, y el contraste es pasmoso. Cada día veo y oigo gente que piensa que nada tiene de malo usar el océano como un vertedero para desechos industriales y otra basura. Leo en los diarios que la conservación del océano figura muy abajo en las preocupaciones de los gobiernos, ya que hay asuntos políticos y económicos más apremiantes que tratar. Además, en mi experiencia los grupos ambientales locales que tratan de promocionar la importancia del océano y otros asuntos por lo general están mal manejados y siempre faltos de dinero. A mi modo de ver, por esta razón debe ser prioridad para Jamaica y otros países antillanos atraer importantes inversiones de estados del mundo desarrollado, para ayudar en el cuidado medioambiental de los océanos que besan nuestras costas. No cabe duda de que la ayuda proveniente de países y gobiernos respetados del exterior aumentarán la consciencia del problema en mi país. Pero estoy preocupada: porque no sólo en Jamaica se concede tan baja prioridad al cuidado de los océanos. Entre todos los inminentes asuntos en las políticas y las economías mundiales, existe escasez de inversiones. Al parecer, el interés en el desarrollo sostenible sólo es una preocupación superficial. Y aquí también, como ciudadana de Jamaica, me preocupa que nosotros y otros estados tercermundistas no poseamos suficiente influencia para atraer la vista de los gobiernos del mundo desarrollado hacia asuntos como la contaminación del océano y sus impactos sobre nuestro sustento. Y el impacto de verdad es serio: el mar de hoy día ya no es el mismo océano limpio y brillante que recuerdo de mi infancia. Dentro de otros pocos años más, si continúa ensuciándose, los turistas dejarán de venir a nuestras playas, los peces morirán y Saint James se pudrirá y se convertirá en un barrio bajo. En mi opinión, únicamente cuando los estados del mundo desarrollado reafirmen la prioridad del desarrollo sostenible de los océanos, Jamaica y otros países tercermundistas recibirán la inversión ambiental que necesitan, junto con otros gastos igualmente importantes. ¿Pero cuánto tiempo tendremos que esperar? ¿Y acaso la madre naturaleza esperará tanto tiempo?
Los placeres y la importancia de los mares no pertenecen tan sólo a las Antillas. Todo el mundo los comparte. Pero mi percepción como jamaicana, y como una persona que se ha criado en las Antillas, es que nuestra vida entera, nuestra economía, nuestra cultura, nuestro sentido de bienestar y nuestra espiritualidad dependen fuertemente de los mares. Como pequeños estados, necesitamos que las naciones opulentas trabajen con nosotros y con la madre naturaleza para hacer inversiones que impidan la destrucción de nuestro sustento, el océano
Jodi-Ann Johnson está estudiando psicología en la Universidad de las Antillas en Kingston, Jamaica. Foto: Anthony Pignone/UNEP/Topham |
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