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El mundo produce alimentos suficientes como para mantener a todos sus habitantes bien alimentados y sanos. Pues en ese caso, ¿por qué más de una de cada ocho personas sobre el planeta no tiene alimento suficientes para llevar una vida normal, sana y activa? ¿Cómo es que cada año, 11 millones de niños menores de cinco años mueren de hambre o enfermedades relacionadas con el hambre? ¿Y acaso podemos ayudar si protegemos el medio ambiente? Como promedio, las personas en los países más ricos consumen 30-40 por ciento más calorías de las que necesitan, mientras los habitantes en las naciones más pobres obtienen 10 por ciento menos. Pero los promedios ocultan grandes diferencias. La gente acomodada en los países en desarrollo come a estándares de nación rica, mientras gran parte de la población trata de subsistir con tres cuartas partes de lo que necesitan. Al final, es una cuestión de pobreza, no de producción. Los pobres simplemente no pueden pagar los alimentos que necesitan - y, mientras no puedan hacerlo, los alimentos no se cultivarán para ellos. De manera que para acabar con el hambre tenemos que acabar con la pobreza, a menudo llamada el mayor de todos los males ambientales. Las naciones del mundo han adoptado los Objetivos de desarrollo para el milenio, que reducirían a la mitad la indigencia para el año 2015. Nosotros debemos asegurar que estos objetivos se cumplan - y luego pasar a eliminar la otra mitad. Al mismo tiempo debemos ocuparnos del daño ambiental que está destruyendo la misma base de la producción de alimentos del mundo y su bienestar económico - y empujando a los pobres en aún mayor miseria. Miles de millones de toneladas de las preciosas tierras cultivables se pierden llevadas por el viento o el agua cada año, mientras la tierra se usa en exceso. Los suministros de agua se están secando y contaminando en todas partes del mundo, y las especies silvestres, cuyos genes se necesitan para salvaguardar e incrementar las cosechas, se están empujando a la extinción. Entretanto, hay acalorados debates sobre los relativos méritos de los alimentos modificados genéticamente y la agricultura orgánica, sobre si usar plaguicidas y otros productos agrícolas químicos o evitarlos, sobre si comer más carne o ser vegetarianos. A fin de cuentas, será nuestra generación la que verá en qué termina la crisis de alimentos. Durante nuestra vida, el mundo o bien cumplirá su capacidad de alimentar adecuadamente a todos, o bien se precipitará en crecientes situaciones de hambre y conflicto cada vez más graves. ILUSTRACION: DEIA SCHLOSBERG/PCI |
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