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Flores, alimentos y bebidas -carne, frutas, verduras y hasta vinos- hoy día se entrecruzan en el globo en una medida inimaginable hasta apenas hace 50 años. Miles de millones de pobres sólo pueden comer lo que es cultivado localmente, pero los relativamente acaudalados disfrutan productos de temporada como fresas, tomates y guisantes durante todo el año. Uvas de Sudáfrica, cordero de Australia, bananas de Guatemala y carne de Argentina acaban regularmente en los estantes de los supermercados y las mesas en comedores y restaurantes, junto con manzanas de Chile y alubias de Marruecos.
En Mongolia hay 25 millones de animales que producen leche, pero allí, en las tiendas frecuentadas por la gente más adinerada, principalmente venden mantequilla alemana. Gran Bretaña importa 430.000 toneladas de mantequilla de sus vecinos de la Unión Europea (UE) - en tanto que exporta alrededor de 470.000 toneladas a esos mismos países. La UE importa 72 por ciento de todas las manzanas en el mercado mundial, y sus supermercados por |
La gente está empezando a preguntarse dónde está la lógica en todo esto. Nuestra vida podría ser igualmente buena e interesante si usáramos más mercancías producidas localmente. Han surgido iniciativas para comprar productos locales - desde la exhortación del Gobernador Arnold Schwarzenegger "Sea californiano: compre cultivado en California" hasta la campaña "De Sudáfrica con orgullo", y movimientos de mercados de agricultores en todas partes de Europa y los Estados Unidos. La costumbre de favorecer el consumo local como una manera de volver al orgullo regional y las raíces culturales, así como la buena práctica medioambiental, están incrementando rápidamente.
Un antiguo lema medioambiental dice: "Pensar mundialmente, actuar localmente". Tal vez haya llegado la hora de complementarlo con un lema nuevo: "Pensar mundialmente, comer localmente". |
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