Cada día, Dawzia Ali, de 27 años de edad, empuña el hacha con sus manos encallecidas, cortando ramas de los árboles lo más rápido que puede. Aquí en Kalma, en el Sudán, está obligada a vender atados de leña para alimentar a su marido y sus tres hijos. Pero la deforestación ha hecho más difícil aún su tarea. Ahora debe caminar ocho kilómetros por día, pues el bosque se está retirando porque cientos como ella están robándolo para su sustento.

 
 

Todos los habitantes que viven en esta Tierra común pagan el coste de la degradación ambiental en cierta medida, de una forma u otra, pero quienes más sufren son los pobres. Ellos son especialmente vulnerables a los desastres naturales, las enfermedades, la contaminación y el agotamiento de los recursos. Su bienestar depende íntimamente del medio ambiente local.

Con frecuencia, los recursos naturales son los únicos de que disponen los pobres. Las montañas, los campos y los bosques les proveen alimento, medicinas, abrigo y leña, mientras que los lagos, los ríos y los océanos proveen pescado y agua. Si son dañados o destruidos, los pobres no tienen otro recurso - a diferencia de los ricos, que pueden comprar lo que necesitan o hasta mudarse a otra parte.

Consideremos el Lago Songkhla, la más grande masa de agua interior de Tailandia, que provee ingresos para 1,6 millones de habitantes alrededor de sus costas. Las fábricas, comunidades urbanas y criaderos de camarones y gambas de sus cercanías descargan aguas residuales al lago, matando a los peces y otras formas de vida. De manera que los pescadores deben redoblar sus esfuerzos para pescar los sobrevivientes (a menudo sin darles tiempo para reproducirse), alimentando así un círculo vicioso de poblaciones de peces en disminución y creciente pobreza. Por primera vez en sus 77 años de vida, Yeed Surakhamheang está luchando para ganarse su sustento del lago. "Solíamos llenar un barco entero con lo que pescábamos", recuerda. "Ahora apenas podemos pescar un kilo. Compadezco a la joven generación."

 

A medida que los recursos van disminuyendo, se hace cada vez más difícil para los pobres del mundo mantenerse a sí mismos y a sus familias. Las necesidades inmediatas restringen sus opciones, forzándoles a adoptar opciones que, de tener la oportunidad, de otro modo evitarían. A menudo se ven obligados a aprovechar ganancias a corto plazo a costa de pagar un precio en el futuro, a pesar de que conocen las consecuencias perdurables. En 1990, al ser entrevistado por un antropólogo estadounidense, un agricultor de Honduras dijo: "Sólo puedo esperar que mi familia herede destrucción, porque la estoy provocando con mis propias manos."

Antaño, la isla de Haití estaba cubierta de bosques. Hoy día, más del 90 por ciento de los árboles han desaparecido, talados a un ritmo de 30 millones por año para producir carbón vegetal, muebles y leña. Josué Termidor, un carpintero constructor de ataúdes en la capital Port-au-Prince, reconoce: "Sin árboles, todos acabaremos muertos."

 
         
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      foto: J. Rocha/PNUMA/Topham  
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