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Y sin embargo, la humanidad siempre ha explotado los océanos, tratándolos como una fuente aparentemente inagotable de alimento y un vertedero al parecer ilimitado para nuestros desechos. Por generación tras generación hemos hecho esto impunemente; la inmensidad de los océanos fue capaz de tolerar el abuso. Pero ahora que nuestra generación empieza a asumir responsabilidad para nuestra salud sobre este planeta, hemos alcanzado, o cruzado los límites. La mayoría de las pesquerías del mundo han llegado a sus límites o más allá. Y la contaminación -especialmente la del dióxido de carbono, la causa principal del calentamiento de la Tierra- ahora está amenazando la vida entera de los océanos. Al parecer, la causa es la misma desconsiderada actitud egocéntrica que nos llevó a dar al planeta el nombre de la parte relativamente pequeña en la cual vivimos. Pues es esta manera de pensar que ha llevado al saqueo de los océanos, y, en efecto, el de todos los sistemas que mantienen la vida del mundo. Como una generación, hará falta que enfrentemos esta situación si hemos de salvar nuestros mares, y con ellos al planeta mismo. No es tarea fácil, pero si flaqueamos siempre podemos mirar a nuestro interior para encontrar un recuerdo de lo mucho que debemos a los océanos. Pues, como destacara la gran Rachel Carson -una de las fundadoras del movimiento medioambiental-, nuestra sangre misma tiene casi la idéntica composición de sales como el agua de mar del cual provinieron nuestros antepasados. |
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