![]() Teoh Chin Hock/PNUMA/Topham |
Cuando Cristóbal Colón llegó a las Islas Caimán sus botes tuvieron que remar a través de una densa multitud de tortugas
en las aguas poco profundas. Hasta en el siglo XX, los tiburones solían ser una compañía regular en casi todas las inmersiones de los buceadores en el Caribe, y sin embargo a muchos submarinistas hoy día les hace mucha ilusión si tienen aunque sea una visión fugaz de un tiburón dándose a
la fuga en los arrecifes de coral. Y en todas partes los jóvenes se ríen cuando los ancianos describen el tamaño de los peces que solían sacar del agua.
Cada generación establece su propia idea de lo que es normal basada en lo que recuerda haber visto, y tendemos a fijar nuestras metas para la conservación de la misma manera. Pensamos que debemos conservar las cosas como están, o, al menos, abrigar la esperanza de ver unas criaturas ligeramente más grandes y unas pocas especies coralinas más. Pero nuestras expectativas son demasiado bajas de con mucho, y por fortuna todavía existen algunos lugares que nos recuerdan que debemos aumentar nuestras miras y apuntar más alto. Aún es posible, alrededor del Banco de la Plata al norte de la República Dominicana, estar en un bote rodeado de ballenas jorobadas. Los buceadores pueden verse perseguidos por enormes guasas y rodeados de tiburones en el sudeste de Cuba. Hay playas en América Central donde 10.000 tortugas todavía suben cada año para usarlas como su lugar de cría. Los pargos se reúnen para desovar cerca de la costa de Belice en tan grandes números que los tiburones-ballena -el pez más grande del mundo- vienen a comer los huevos depositados en el plancton. Este es el medio ambiente que deberíamos proponernos restaurar en todas partes del mundo. |
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