odos nosotros somos gente de los árboles, y no sólo porque nuestros distantes antepasados solían vivir en ellos. No podríamos sobrevivir sin los árboles. Ellos nos protegen contra la furia de la naturaleza y de nuestras propias locuras. En lo alto de las montañas, las cuencas boscosas regulan el suministro de agua de una tercera parte de los habitantes sobre la Tierra. Abajo, en las costas, los bosques de mangle protegen las tierras contra las tempestades y los tsunamis, al mismo tiempo de ofrecer semilleros para peces. Y todos los árboles, en todas partes, ayudan a absorber el dióxido de carbono que de otro modo aceleraría el calentamiento de la Tierra.

Sin embargo, desde que la humanidad empezó a labrar la tierra hemos tratado a los árboles como enemigos, no como nuestros amigos. Eran un obstáculo, ocupando tierras que podrían usarse para cultivos o para construir asentamientos. Y peor aún, al parecer albergaban brujos y animales salvajes, y podían dar cobijo a maleantes o guerreros dispuestos a atacarnos. De manera que a partir de los primeros tiempos los árboles se cortaron. Así por ejemplo, la mitad de los bosques nativos que antaño solían cubrir un 80% de Gran Bretaña habían sido talados para la época en que los anglosajones conquistaron Inglaterra en el siglo V.

En las últimas décadas esta actitud ha empezado a rebotar contra nosotros. Muchas cuencas desmontadas han sido causa de que se secaran los suministros de agua, permitiendo a la lluvia correr aguas abajo por las laderas, causando inundaciones masivas. Los manglares saqueados para hacer lugar para piscifactorías o lugares de recreo para turistas han expuesto a la gente a la furia del mar. Y los incendios de bosques liberan dióxido de carbono, acelerando y agravando con ello el calentamiento de la Tierra.

 

No obstante, hay gente que jamás fue partidaria de este enfoque. Los pueblos autóctonos que todavía viven en el bosque han aprendido a ganar su sustento de la selva, sin dañar el bosque. Evidentemente tienen mucho que enseñarnos sobre cómo vivir en armonía con el medio ambiente. Nuestra generación debe abandonar el tradicional enfoque contencioso hacia el bosque y aprender de la sabiduría de los pueblos autóctonos. De otra forma, las perspectivas para los bosques que aún quedan en pie -y para nosotros- son en verdad sombrías.

 
         
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