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Secretario General Adjunto de las Naciones Unidas y Director Ejecutivo del PNUMA |
| Para la extraordinaria Sheila Watt-Cloutier, nombres como bifenilos policlorados, heptacloro y toxafeno no son oscuras palabras encontradas únicamente en las páginas de un diccionario de las ciencias. Son demonios de nuestros tiempos modernos que no sólo amenazan la salud sino los mismos fundamentos de la sociedad y los pueblos árticos que ella representa.
Fabricados y utilizados a cientos o con frecuencia miles de kilómetros de distancia, son transportados al Artico por los vientos y caen del cielo, contaminando la cadena de alimentación y acumulándose en la grasa de los animales que constituyen el alimento de los pueblos polares.
Estas sustancias químicas persistentes también amenazan la flora y fauna silvestres. Estudios llevados a cabo en el Instituto Polar Noruego en Svalbard, por ejemplo, han encontrado un significante número de cachorros de oso polar de sexo cambiado, un fenómeno vinculado con este grupo de sustancias químicas.
Por fortuna, el mundo ha hecho caso de las advertencias de defensores como Sheila Watt-Cloutier, inspirado por su elocuencia. La mediación y la firma de la Convención de Estocolmo sobre los COP, que inicialmente se ocupa de 12 de estos productos químicos, ha sido una victoria para personas como ella tanto como para el PNUMA.
Sabemos que muchas sustancias producidas por las industrias farmacéutica, petroquímica e industrias relacionadas han contribuido a mejorar nuestra vida y tienen un legítimo rol que desempeñar en el mundo moderno, desde la agricultura hasta la medicina. Nosotros en el PNUMA no somos opuestos a los productos químicos. Pero es necesario que seamos sabios, cuidadosos y prudentes respecto a la forma de equilibrar los beneficios económicos y sociales de sustancias químicas individuales con sus riesgos para la salud y para el medio ambiente, y que comprendamos que algunas de las alternativas tal vez también podrían tener consecuencias. En la agricultura existe un continuo y acalorado debate en torno a la mejor manera de avanzar. Algunos favorecen un cambio a la producción orgánica, libre de productos químicos. Otras empresas y científicos están convencidos de que los cultivos genéticamente modificados serían capaces de reducir de forma espectacular las cantidades de plaguicidas y herbicidas usados. Aquí también, debemos proceder con cautela con respecto a la necesidad de dar a los países en desarrollo el mismo status como el conferido al mundo desarrollado. En el PNUMA, trabajando con el Fondo para el Medio Ambiente Mundial, hemos lanzado un programa internacional para la seguridad biotecnológica por valor de 38 millones de dólares. El mismo se dedicará a formar capacidades en hasta 100 naciones en desarrollo para ayudarles a adquirir habilidades legales y científicas para evaluar cultivos genéticamente modificados a fin de permitirles decidir si son convenientes o inconvenientes para sus países. También hace falta que los estándares de salud y seguridad concernientes a los productos químicos que rigen en las regiones más ricas del mundo también deben hacerse comunes en las regiones más pobres. Nos complace sobremanera trabajar con socios como la Organización de las Naciones Unidas para la Agricultura y la Alimentación en una nueva iniciativa. Una de sus metas es reducir las reservas de productos químicos prohibidos, restringidos y obsoletos, muchos de los cuales están almacenados en recipientes agujereados y peligrosos que presentan riesgos verdaderos para la salud de los habitantes locales y los suministros de agua en Continentes como Africa.
El contenido de plomo en el petróleo es otro ejemplo del sistema de dos niveles vigente en el mundo. En la mayoría de las naciones desarrolladas, si no en todas, el plomo ha sido eliminado gradualmente después de que unos estudios lo habían vinculado con daño intelectual en los niños, pero todavía se encuentra omnipresente en muchos países en desarrollo.
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