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Secretario General Adjunto de las Naciones Unidas y Director Ejecutivo del PNUMA |
| Es fácil ser cínico respecto a la maquinaria política mundial y la manera en que parece escucharse a sí misma, mientras presta oídos sordos a las necesidades de la gente, del planeta y de las personas que viven en abyecta pobreza y necesitan prosperar.
Pero yo creo que hay un rayo de esperanza, que refleja un clima que al parecer muchos de los líderes del mundo del Norte y del Sur tienen el deseo de cultivar. El año pasado, en Doha, Qatar, se acordó llevar los asuntos de medio ambiente a la nueva rueda de las negociaciones de la Organización Mundial del Comercio. Esto no está exento de luchas y conflictos, ni faltan las diferencias de opinión. Pero es un nuevo comienzo sumamente necesario hacia el desarrollo y la provisión de un mundo equilibrado, un mundo que proporciona crecimiento y prosperidad y respeta al planeta y a todos sus habitantes. Pocos meses atrás en Monterrey, México, las naciones dieron su acuerdo para un importante aumento en la ayuda para el desarrollo, invertiendo la tendencia declinante que vio disminuir esa ayuda a 0,22% de la riqueza nacional de los países ricos. Esta reversión no es suficiente, pero no deja de ser una reversión. También tenemos el plan de acción de Africa, endosado recientemente por la Cumbre G8, y la Nueva Alianza para el Desarrollo de Africa (New Partnership for Africa's Development NEPAD). Los países africanos acordaron poner sus asuntos en orden de manera que las naciones ricas y pobres puedan trabajar juntas en mutua confianza para curar las heridas ambientales, sociales y económicas de este extraordinario Continente y liberar su potencial para superar la pobreza. El PNUMA trabajará incansablemente con sus socios y amigos en las Naciones Unidas para el éxito de la Cumbre Mundial sobre el Desarrollo Sostenible (CMDS), para convertirla en una Cumbre de acciones concretas que hace realidad las promesas de Río de Janeiro. Hemos elaborado una lista de metas realizables en campos desde la contaminación marina hasta el involucramiento de la sociedad civil y la concienciación del público. También haremos presión para lograr que los países ricos conviertan en dinero efectivo las promesas hechas en Doha, Monterrey, Canadá y otras partes para implementar estos metas, y cambiar sus pautas de consumo y producción insostenibles. Deseamos ver los cofres del Fondo para el Medio Ambiente Mundial, que tanto ha hecho para la conservación y para ayudar a crear un desarrollo sostenible, reaprovisionados a un nivel aceptable este año. Junto con la UNESCO, nos esforzaremos para incluir la diversidad cultural en relación con la diversidad biológica, a la cual le unen poderosos vínculos en la agenda internacional. Sin diversidad cultural, sin un ancla en nuestro pasado, nos enfrentamos a un futuro más pobre tanto en términos psicológicos y espirituales como económicos y humanos. Arriesgamos perder nuestra resistencia, la capacidad natural de nuestras especies de sobrevivir y adaptarse frente al cambio. Esto se enlaza directamente con la necesidad de desarrollar una mundialización con rostro humano, según la postura a la cual llamara el Secretario General, Kofi Annan. Sin diversidad, corremos el riesgo de acabar por parecernos a un bosque de monocultivo, altamente vulnerable a las plagas, los vientos y otros cambios extremos. Las consecuencias de un fracaso en Johannesburgo son demasiado alarmantes de imaginar. A menos que tracemos un nuevo curso para el planeta Tierra arriesgamos una nueva Cortina de Hierro, que dividirá no el Este y el Oeste sino los ricos y los desposeídos, con todas las ramificaciones de creciente inestabilidad política, social y económica, y todos los riesgos de tensiones, celos y odios cada vez mayores entre y dentro de los países. Apenas hemos entrado a un nuevo siglo. A pesar de todas las complejidades y dificultades de las opciones con que nos enfrentamos, sigo siendo optimista para el futuro de los océanos, los ríos, los bosques, la atmósfera, la vida silvestre y los habitantes del mundo. La Declaración de Malmö de 2000 lo dice todo:
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