Las cumbres
del problema

 
Yolanda Kakabadse traza la declinación de la diversidad biológica y cultural en las montañas y hace un llamado a emprender medidas urgentes.

¿Qué tiene de tan especial la biodiversidad de las montañas? Depende a quién se le hace la pregunta. Los botánicos tal vez contestarán en voz más alta, ya que muchos centros de diversidad vegetal se encuentran en las montañas. Ellos harán hincapié en la asombrosa riqueza de especies de las selvas tropicales montañesas, la variedad de plantas silvestres que adornan las praderas alpinas en primavera y verano, y las notables adaptaciones de las especies al duro medio ambiente en que viven. Los zoólogos destacarán los niveles extraordinariamente altos de especies y endemismo entre la fauna de las montañas – especialmente los insectos y las aves, los más estudiados hasta la fecha. Los conservacionistas destacarán las numerosas “especies bandera” montañesas, desde los pandas gigantes hasta los gorilas de montaña. En tanto que los científicos que trabajan en alimentación y los agricultores montañeses se concentrarán en el número desproporcionado de cultivos que tuvieron su origen en el altiplano. Y los antropólogos encomiarán la diversidad de las culturas humanas que habitan las regiones montañosas, cuyos idiomas, dioses, tradiciones y expresiones artísticas pueden variar de valle en valle. Todos estarán de acuerdo en que los ecosistemas de las montañas son depositarios de una riqueza de diversidad genética, y de especies, ecosistemas y cultura humana de valor incalculable.

Los ecólogos nos dicen que la abundante diversidad biológica de los ecosistemas de montaña es resultado de la pura variedad de micro-ambientes en ese escarpado y variado terreno – hábitats que exigen nuevas adaptaciones y favorecen la evolución de nuevas especies y variedades. También destacan la frecuencia de trastornos naturales, capaces de arrojar repentinamente al precipicio el árbol de raíces más sólidas o la más grácil gamuza. Sin embargo, otro de los factores es el aislamiento geográfico de las especies de montaña que (salvo unas pocas excepciones móviles) con poca probabilidad mezclarán sus genes con sus vecinos a través del valle – razón por la cual muchas plantas montañesas son autopolinizantes. Las comunidades humanas siguen el mismo patrón, divididas en pequeños grupos étnicos por barreras físicas, con una variedad de adaptaciones culturales a condiciones difíciles.

En la literatura popular nos encontramos repetidamente con la frase: “los frágiles ecosistemas de la montaña”. Esto podrá parecer contradictorio a la luz de la resistencia y robustez de la flora y la fauna montañeses, que se supone capaces de resistir a casi todos los desafíos que la naturaleza les presenta. Pero las condiciones duras y variables son un constante en las montañas, tan fiable como la condición contraria – la falta de cambio – en la profundidad de los océanos. Los desprendimientos de rocas, las avalanchas de nieve, extremos de intensidad luminosa, temperatura y humedad – hasta actividad volcánica – no son novedades para las especies de montaña. Dado tiempo suficiente, las especies se adaptan, convirtiendo la adversidad en su ventaja competitiva. Desgraciadamente, la creciente vulnerabilidad de los ecosistemas de montaña es uno de los resultados del cambio demasiado rápido y severo para permitir que se produzca tal adaptación. Directa o indirectamente, este cambio es impuesto por las actividades humanas.

Un cambio sin precedentes
Después de milenios de adaptación más o menos exitosa a las condiciones montañesas, estamos ahora viendo un cambio de rapidez sin precedentes. Según afirma la Organización de las Naciones Unidas para la Agricultura y la Alimentación, las selvas tropicales en las montañas están desapareciendo más rápidamente que cualquier otro bioma, incluso las selvas tropicales en las tierras bajas. La contaminación atmosférica transportada por largas distancias desde los centros urbanos está causando la muerte de los bosques de las Montañas Gigantes en Europa Central hasta las Adirondack en los Estados Unidos de América. La industria minera está desarrollando métodos cada vez más eficaces de remover cumbres de montaña, en tanto que el cultivo lucrativo e intensivo de estupefacientes está reemplazando la agricultura y la silvicultura tradicionales en las tierras altas, desde Asia Central hasta América del Sur. La mayoría de los principales conflictos armados en el mundo tienen lugar en regiones montañosas, con efectos devastadores previsibles.

Las implicaciones para la biodiversidad de las montañas es ampliamente aparente. Dieciséis de las 25 “zonas de peligro” para la extinción de especies, en los cuales la comunidad de los conservacionistas ahora está enfocando la atención, se encuentran total o principalmente en montañas. Las mismas incluyen las tierras altas de Madagascar, las laderas andinas de Amazonia Occidental, el Himalaya Oriental (Nepal, Bhután, y los estados vecinos de la India, además de Yunnan en China), las tierras altas de Filipinas, los bosques en las montañas del este de Tanzanía, las montañas de América Central, y la selva atlántica del Brasil.

El efecto ejercido sobre la diversidad cultural humana es igualmente profundo. Investigaciones y tecnologías dirigidas a las tierras bajas se han aplicado a medio ambientes montañeses, ignorando y erosionando las prácticas sostenibles tan minuciosamente desarrolladas por sus comunidades. Influencias societales están empujando los pueblos de la montaña hacia el consumismo y la economía comercial para los cuales a menudo están mal preparados, erosionando sus valores culturales y espirituales junto con sus recursos naturales antaño abundantes.

Y ahora se avecina una amenaza aún mayor y más omnipresente. El calentamiento de la Tierra afectará de forma adversa los ecosistemas de las montañas más que a otros, cambiando zonas de vegetación, derritiendo glaciares y alterando las precipitaciones. A medida que los ecosistemas van subiendo a zonas más altas, los hábitats se verán comprimidos en zonas cada vez más pequeñas, y las poblaciones de fauna y flora se encontrarán varadas y aisladas. La creciente competencia por espacio y alimento puede llevar a las poblaciones a declinar por debajo del punto de viabilidad, a medida que la falta de diversidad genética va socavando su capacidad de adaptarse a las nuevas condiciones.

Una necesidad humana
La falta de diversidad biológica en las montañas, y de los modelos de uso sostenible de los recursos biológicos establecidos y probados durante siglos por los habitantes de la montaña, nos afectarán a todos. La humanidad depende de los recursos naturales de las montañas – sus bosques, sus praderas, y especialmente el agua que proveen a nuestros ríos, lagos y acuíferos subterráneos. Dependemos de las materias medicinales de las zonas montañesas silvestres y la diversidad genética de sus especies raras y únicas, desde las patatas andinas hasta el café de las tierras altas de Etiopía. Necesitamos los parientes silvestres de nuestros cultivos de producción masiva, desde los primitivos parientes del trigo o del maíz en una montaña en la Sierra de Manantlán en México, hasta los parientes silvestres de trigo y frutales en lo alto del Cáucaso.

El Año Internacional de las Montañas no podría haber llegado en un momento más oportuno. Los recursos de las montañas se ven cada vez más sujetos a presiones económicas y políticas de afuera, y con frecuencia su biodiversidad es la primera víctima. La comunidad medioambiental, guiada por los aliados en el Programa de las Montañas, debe reconocer y encarar cuanto antes las amenazas que enfrentan a los ecosistemas y las culturas de las montañas de nuestra Tierra antes de que se pierda aún más de su insustituible riqueza.

Les invitamos a hacer pleno uso de la amplia red de científicos naturales y sociales que forman la familia de la UICN-Unión Mundial para la Naturaleza, incluso su División de Coordinación de la Política sobre la Diversidad Biológica, su Comisión para la Supervivencia de las Especies, y su Comisión Mundial sobre las Zonas Protegidas. El Programa del Tema de las Montañas de la Comisión está señalando el camino, trabajando asiduamente bajo la inspiradora dirección de Larry Hamilton para fortalecer la ordenación de las 500 zonas montañosas protegidas cuya diversidad biológica aún está relativamente intacta. Es preciso que apliquemos toda la experiencia que poseemos respecto a los ecosistemas montañeses si hemos de preservar lo que de ellos queda, y asegurar el sustento de miles de millones de habitantes que dependen directa o indirectamente de los recursos de las montañas


Yolanda Kakabadse , ex-ministra para el medio ambiente de Ecuador, es Presidenta de la UICN-Unión Mundial para la Naturaleza.

Foto: Xu Yi Min/UNEP/Topham


Este número:
Indice | Editorial K. Toepfer | Mensaje para el Día Mundial del Medio Ambiente: Salvando nuestra Tierra común | Apuntando alto | Majestuosas pero frágiles | Hacia el equilibrio | Reverdeciendo las laderas | Para el pueblo | Altas prioridades | Belleza natural | Perspectivas para la Cumbre Mundial sobre Desarrollo Sostenible: Hacia Johannesburgo | Por un sendero empinado | Las cumbres del problema | ¿Disneylandia o diversidad? | Una senda al descubrimiento | La cima de las actividades | Panorama desde la cúspide | Nadar a contracorriente | Futuro nublado


Artículos complementarios:
AAAS Atlas of Population and Environment:
Population and biodiversity
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Population and natural resources: Freshwater


Report complementario:
Mountain Watch Report