EDITORIAL
Klaus Toepfer
Secretario General Adjunto de las Naciones Unidas y Director Ejecutivo del PNUMA

Pocos meses atrás, la Sede Central del PNUMA fue anfitriona de los delegados a la cuarta Alianza Mundial de los Pueblos Indígenas-Tribales de los Bosques Tropicales. Estos se encuentran entre los pueblos más vulnerables y más pobres del mundo. Una de sus crecientes preocupaciones gira en torno a la difusión de infraestructura, la expansión de la minería, la construcción de diques y carreteras en sus comunidades, y las fuerzas sociales y culturales que vienen a la zaga.

Están haciendo un llamado a realizar evaluaciones del daño o impacto cultural similares a las evaluaciones de impacto ambiental que ya son práctica común para los grandes planes de desarrollo. Personalmente, creo que el Consejo de Administración, y sus ministros y representantes, deberían hacer caso a este pedido, y escuchar y considerar los méritos de evaluar el daño cultural.

Diversidad cultural
La diversidad cultural es importante. Existen vínculos demostrables entre la diversidad cultural y la biodiversidad. Creo sinceramente que importa aún más en un mundo “globalizado”. La cultura da sus raíces a los pueblos, y las raíces proveen estabilidad frente al rápido cambio.

Diversidad cultural también significa “diversidad de ideas”. Y sin una diversidad de ideas, sin la capacidad de considerar los retos ambientales y de desarrollo en formas nuevas, la humanidad siempre luchará con una mano atada a sus espaldas.

Dar una mejor oportunidad a los pueblos autóctonos y los agricultores locales es una manera clave, positiva, de promocionar la diversidad cultural.

Tal vez nunca haya oído hablar de “Jeevani”, pero en el negocio multimillonario de los suplementos usados para la salud y en el deporte, esta bebida antifatiga, antiestrés pronto podría encontrarse en los vestuarios del mundo como el próximo tónico milagroso.

Fue descubierto en Kerala, India, cuando un equipo de científicos que se encontraban en una expedición botánica se asombraron de ver que sus guías, de la tribu local de los Kani, estaban animados y espabilados cuando ellos mismos se sentían cansados y fatigados después de un arduo día en el terreno.

Los guías constantemente masticaban unos frutos negros. Cuando se los ofrecieron a los científicos, inmediatamente se sintieron llenos de energía. Al principio, los Kani pusieron reparos en mostrarles la fuente de la fruta, una planta forestal llamada arogyapaacha.

Se han aislado 12 compuestos activos de la planta, algunos de los cuales poseen propiedades antifatiga, otros con potencial de combatir enfermedades. Los científicos han dado licencia a dos empresas para explotar sus posibilidades. Se estableció un fondo de fideicomiso para reinvertir parte de las ganancias a favor de los Kani. Tendremos que esperar y ver si este arreglo funciona, si en efecto ha habido una participación auténtica y sostenible de los beneficios. Pero de todos modos se trata de un intento, en un área del medio ambiente y del comercio que demasiado a menudo ha sido un tráfico en una sola dirección, beneficiando a las empresas y los coleccionistas más bien que a los conservadores, quienes han venido cuidando la diversidad genética durante siglos.

“Jeevani” es uno de varios casos reunidos por la Organización Mundial de la Propiedad Intelectual (OMPI) y el PNUMA destinados a ensayar y arrojar luz sobre este campo complejo pero de enorme importancia.

La mundialización (o globalización) y el comercio poseen el potencial para hacer enorme bien y mitigar la pobreza, sobre todo cuando se dan incentivos económicos a los pueblos locales y autóctonos para preservar las plantas y los animales que ellos han venido conservando por siglos.

La cuestión de acceso y beneficios compartidos se menciona específicamente en la Convención sobre la Diversidad Biológica, de 11 años atrás, en el Artículo 8 (j), para ser preciso. Pero, como queda claramente demostrado en algunos de los estudios de caso OMPI/PNUMA, con harta frecuencia no funciona, o funciona de forma demasiado imperfecta. Desgraciadamente, los recursos genéticos de un país o una comunidad a menudo se tratan como un bien público común, que no es propiedad de nadie, gratuito para todos, sin derechos de propiedad.

Normas claras
El año pasado, el PNUMA actuó en calidad de “corredor” para las así llamadas Directrices de Bonn, que por primera vez establecieron normas claras sobre la forma en que los gobiernos pueden equilibrar las necesidades de quienes colectan recursos genéticos con aquéllas de las personas que los conservan y los suministran.

Tal vez sea demasiado pronto para evaluar si estas pautas voluntarias funcionan, pero espero que este Consejo de Administración pueda afirmar un compromiso para con los principios de acceso y beneficios compartidos, y para con su entusiasmo de ver que las pautas operan en beneficio de los pueblos autóctonos, para beneficio de los pobres



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FOTO: PNUMA


Este número:
Indice | Editorial K. Toepfer | Mirando a través de lentes nuevos | Desarrollo con rostro humano | El poder de transformar | Triple ganancia | Gente | Hora de cumplir promesas | Tan precioso como el oro | Expandiendo el círculo | En breve: La globalización, la pobreza, el comercio y el medio ambiente | Haciendo las cosas localmente | La cooperación es contagiosa | Publicaciones y productos | Pasando por el cuello de botella | Inversiones en el medio ambiente | La Plataforma para las Montañas de Bishkek | El dinero no se puede respirar | ¡Lograremos éxito! | ¿Comercio equitativo? Pregunta justa

 

Artículos complementarios:
En el número: Culture, values and the environment, 1996
En el número: Production and Consumption, 1996
En el número: Biological diversity, 2000


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