¿Verde
o rojo?

 
Djuna Ivereigh
dice que el verdadero valor de las zonas protegidas está empezando a evaluarse ahora, y describe maneras innovadoras para incrementar sus entradas

Deténgase un momento para ver un parque a través de los ojos del ministro de finanzas de una nación en desarrollo. Probablemente verá más rojo que verde. El ingreso de los visitantes y la extracción (de ser permitida), raramente iguala los gastos de administración. Por ende, la mayoría de las zonas protegidas dependen de preciosos fondos del gobierno.

La mayoría de los sistemas de contabilidad no dan cuenta de los bienes y servicios “gratuitos” ofrecidos por estas zonas, como reguladores del clima o proveedores de agua limpia, por ejemplo. Y resulta casi imposible dar un valor en dinero a sus roles como almacenes de alimentos y medicinas tradicionales, depósitos de maravilla científica, y refugio para antiguos espíritus y cansados habitantes urbanos.

No obstante, la valoración económica puede ayudar a la prosperidad de las zonas protegidas. Es evidente que una zona con valor económico probado se convierte en un candidato más fuerte para recibir fondos para su conservación. En efecto, muchos donantes ahora insisten en un análisis económico antes de considerar su apoyo.

Los últimos 20 años han visto un creciente reconocimiento de la variedad de costos y beneficios de las zonas protegidas. En el pasado, los asesores sólo llevaban la cuenta de los beneficios de uso directo, como madera, animales de caza y recreación, pero hoy día el balance se ha ampliado para incluir valores no-comercializables (como la biodiversidad), servicios ambientales (como el control de la erosión) y hasta beneficios “sin uso” (su valor intrínseco para las personas que nunca las visitarán ni se beneficiarán físicamente de ellas). Del mismo modo, los costos más allá de los costos de administración directos --tales como el impacto de los daños naturales y oportunidades perdidas para desarrollo y uso de extracción-- ahora se incluyen en la ecuación.

Han surgido nuevas técnicas para medir estos costos y beneficios. Los estudios que evalúan simples valores basados en el mercado para los productos y servicios de las zonas protegidas --tales como los valores directos de las entradas del turismo o los alimentos cosechados-- aún siguen en uso. Sin embargo, otros estudios más amplios usan “representantes” para estimar valores de productos y servicios que no son comprados o vendidos en realidad. Entre otros, éstos incluyen el costo de reemplazar un servicio que ha dejado de ser utilizable, por ejemplo la construcción de una usina eléctrica a petróleo para reemplazar una presa hidroeléctrica encenagada.

Los economistas creen que el valor recreativo de las zonas protegidas no se halla reflejado adecuadamente por los precios de entrada, y toman en cuenta el tiempo pasado en cada visita y costos como transporte, alimento y alojamiento. Un estudio reciente concluye que típicamente, los precios ascienden a apenas arriba de 0,01 a 1% de lo que los visitantes pagan para hacer el viaje. Las encuestas también evalúan la voluntad hipotética de pagar para proteger un recurso como un parque.

La creciente conciencia del valor de las zonas protegidas está llevando a los administradores de los parques a ver sus recursos dentro del contexto más amplio de fuerzas de mercado, a reconsiderar el precio cobrado por el uso recreativo, y poner en práctica maneras de generar ingreso basado en el concepto “el usuario paga”. El Instituto Internacional para el Medio Ambiente y el Desarrollo recientemente identificó 280 planes de pago existentes y propuestos para servicios ambientales.

Algunos parques ahora cobran a los usuarios recreativos de acuerdo con el interés de los huéspedes de visitarlos, y tratan de conservar la mayor parte de los fondos in-situ. Las Islas Galápagos tienen una escala móvil de precios de entrada al parque, que varía de 6 dólares para ciudadanos ecuatorianos a 100 dólares para la mayoría de los extranjeros adultos. La mitad de las entradas del turismo se dedica al ordenamiento del parque y la reserva marina circundante.

Empero, no todos los parques pueden justificar un aumento de precios. Los investigadores pronostican que el Parque Nacional Komodo en Indonesia generaría mayor ingreso si multiplicara más o menos por 15 su actual precio de entrada de alrededor de 0,90 dólares. Pero una evaluación más a fondo indicó que este aumento sería totalmente anulado por el daño ocasionado a la economía local por una aguda disminución en el número de visitantes. Se ha decidido ahora introducir precios más altos de forma paulatina.

El Mecanismo de Desarrollo Limpio del Protocolo de Kioto convierte los bosques de países en desarrollo en “créditos de carbono”, que pueden ser licenciados a naciones desarrolladas para compensar exceso de emisiones. Esto ofrece importantes beneficios potenciales a los parques forestales, si bien la escala y la complejidad de las negociaciones han enlentecido el progreso.

En Costa Rica, los poseedores de títulos de tierra --por lo común agricultores privados-- reciben la suma de 210 dólares por hectárea a través de cinco años para la conservación forestal, o 538 dólares para reforestación. Para 2002, un total de 200.000 hectáreas se hallaban bajo tales contratos, con otras 800.000 en trámite.

Entretanto, el Proyecto Hidroeléctrico La Esperanza de Costa Rica paga a la Liga de Conservación Monteverde para salvaguardar la cuenca que protege su embalse y sus turbinas de sedimentación excesiva y crecidas repentinas. El contrato --de 90 años de duración-- provee aproximadamente 30.000 dólares cada año para manejar 3.000 hectáreas de selva. La suma está vinculada a la potencia de salida para estimular el incentivo para manejar la cuenca de manera efectiva. Costa Rica vio otro plan pionero en 1991 cuando su Instituto Nacional de Biodiversidad ofreció muestras biológicas a la empresa química Merck para pruebas a cambio de 1 millón de dólares, y una participación en las regalías de cualquiera de las drogas desarrolladas por la compañía. Aunque no se ha encontrado ninguna droga prometedora, el acuerdo estableció un modelo interesante.

Muchas de estas estrategias han florecido en el curso de la última década, mas aparte de la revisión de los precios recreativos, casi nunca son implementadas. Uno de los retos principales para la próxima década consiste en unir las lecciones aprendidas de la valuación económica con una compensación para los servicios ambientales, a fin de sacar las zonas verdes de los números rojos


Djuna Ivereigh es una periodista freelance basada en Indonesia.

FOTO: PK De/UNEP/Topham


Este número:
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Artículos complementarios:
Artículos complementarios:
En el número: Cumbre Mundial sobre el Desarrollo, 2002
En el número: Biological Diversity, 2000
En el número: Culture, Values and the Environment, 1996


AAAS Atlas of Population and Environment:
Biodiversity
Ecosystems