Los días olvidados
de la Creación

 
Su Santidad Bartolomeo de Constantinopla
dice que el agua es la fuerza vinculante entre el Cielo y la Tierra y que la contaminación del mar representa el paraíso perdido

Cuando pensamos en la historia de la creación en Génesis, tendemos a recordar el primer momento, o tal vez el sexto día, de la Creación. A menudo pasamos por alto lo que ocurrió el tercer y el quinto días, cuando fueron creadas las aguas del mundo. Sin embargo, estos días son una parte esencial de toda la historia. Y constituyen una parte crítica de nuestra propia historia.

En la fundación del mundo, “en el principio creó Dios los cielos y la Tierra... el espíritu de Dios cobijó la haz de las aguas” (Génesis 1:1-2). Las escrituras judeocristianas hablan del agua como un signo de bendición y paz (Deuteronomio 8:7). La forma en que nos relacionamos con Dios está reflejada en la manera en que respetamos las aguas. El agua expresa la alianza sellada entre Dios y el mundo; la sequía y la sed anuncian la ruptura de esta relación vinculante, una apostasía de los mandamientos divinos (1 Reyes 17). También los cielos están ubicados entre las aguas (Revelación 4). La contaminación marina no es nada menos que la violación de una promesa sagrada.

San Juan Crisóstomo, nuestro predecesor del siglo IV en la Sede de Constantinopla, comprendió la conexión espiritual y mística entre la creación del agua, la creación de la humanidad y el rol del Creador:

“Experimentamos una sensación de maravilla ante la infinita extensión de los mares;

nos llena de sobrecogimiento la inconmensurable profundidad de los océanos;

confesamos nuestro asombro ante las maravillosas obras del Creador.”

En la misma ciudad de Constantinopla, bajo la magnífica Iglesia de Santa Sofía (“La Sabiduría de Dios”), corre un canal de agua. Los bizantinos creían que este arroyo manaba de la iglesia misma, ya que tradicionalmente el agua ha sido considerada como el símbolo de vida y sabiduría (Juan 7:37). Además, ríos de mármol verde en el piso de la Gran Iglesia representan los arroyos de aguas del paraíso. El agua es la fuerza vinculante entre el Cielo y la Tierra. Un mar moribundo es más que el mero resultado de desechos industriales o químicos, de derrames de petróleo y una mala ordenación del agua. La contaminación marina no es nada menos que el paraíso perdido.

En la iconografía Oriental Ortodoxa, el azul es intercambiable con el verde. Estos colores son usados predominantemente para primer plano y para fondos, y también se reservan para la representación de lo celestial. Así como el punto de vista desde el espacio, así también en la perspectiva de los iconos: ¡tanto el Cielo como la Tierra son azules! Solemos llamar la Tierra nuestro hábitat; mas sin embargo, en muchas maneras sería más apropiado llamar al agua nuestro hogar o nuestro entorno natural. Si no hubiera agua, no habría mundo. La contaminación marina no es nada menos que la devastación de nuestro local terrestre.

Un primitivo mosaico de la crucifixión de Cristo, encontrado en San Clemente, Roma, representa ríos de agua manando del pie de la cruz, un símbolo del Sacramento del Bautismo (Juan 19:34). Como el Sacramento de la Eucaristía (o Comunión), el Sacramento del Bautismo deriva de la amante pasión de Jesucristo. Igual que la sangre manada del cuerpo de Cristo, el agua constituye la sangre de la Iglesia y de la Tierra. La contaminación marina no es nada menos que un ataque al delicado equilibrio cósmico, preservado por millones de años.
Debemos comenzar por celebrar el agua como el patrimonio irreemplazable de toda la humanidad
La espiritualidad ortodoxa emplea las imágenes del agua para describir la lucha para corregir el equilibrio entre materia y espíritu, entre cuerpo y alma. En la práctica ascética ortodoxa, las lágrimas funcionan como una manera de invertir hábitos que abusan la creación y dividen el mundo. El silencio de las lágrimas y la quietud del agua (Salmo 22) hacen eco de la necesidad de volver a enfocar la atención en compartir los regalos de Dios de forma equitativa. Las profundidades del océano resuenan con las profundidades del silencio. Esta es la razón por la cual la práctica espiritual ortodoxa pone énfasis en la quietud como un camino al corazón humano y una ventana al abismo divino. Paul Claudel observó alguna vez: “Todo lo que el corazón desea puede reducirse a una figura de las aguas.” Unos 2.500 años atrás, Thales de Mileto fundó su escuela filosófica sobre la misma convicción: “Todas las cosas son agua.”

Así pues, hay algo sagrado, casi sacramental en la estructura misma del agua. De cierto modo, la trascendencia del agua oculta el mismo misterio de Dios. En este respecto, la teología ortodoxa propone un modelo de acción medioambiental basada en la trascendencia espiritual del agua. En un planeta en el cual océanos y ríos están contaminados, haríamos bien en recordar la relación original y radical entre las fuentes de agua vivas y el espíritu vivificador de Dios. En un mundo en el cual las demandas injustas de unos pocos ahogan la supervivencia fundamental de los pobres, el agua nos recuerda la necesidad de vivir simplemente y simplemente vivir. En un momento en que el derroche se ha vuelto tan desenfrenado y omnipresente, todos nos enfrentamos con el reto de recordar las implicaciones de nuestras acciones, así como el de asumir responsabilidad para una sociedad en que el agua es compartida equitativamente y todos tienen agua suficiente.

A la luz de este compromiso, el Patriarcado Ecuménico hasta la fecha ha organizado cinco simposios internacionales, interreligiosos e interdisciplinarios: en el Mar Egeo (1995), en el Mar Negro (1997), a lo largo del Danubio (1999), alrededor del Mar Adriático (2002) y en el Mar Báltico (2003). Se halla en preparación un sexto simposio para el Mar Caspio, a realizarse en el verano de 2005. Su propósito es atraer la atención hacia la difícil situación que aflige a nuestros mares, y despertar conciencia respecto a la responsabilidad colectiva para nuestro medio ambiente para las generaciones futuras. Nadie de nosotros es capaz de solucionar la crisis ambiental por sí solo: “todos tienen un rol que desempeñar”, como expresáramos en una Declaración Común con el Papa Juan Pablo II en la ceremonia de clausura del Simposio del Adriático.

Todos nosotros sabemos que estamos rodeados de ríos, mares y océanos. Lo que no reconocemos inmediatamente es la manera en que éstos están conectados íntima e innatamente unos con otros, así como con nuestro medio ambiente. Tal vez no discernamos de inmediato la estrecha relación entre los cursos de agua, los pueblos del mundo y el Creador del Mundo. Existe una interconexión y una interdependencia entre el agua de bautismo, la savia de las plantas, las lágrimas de los seres humanos, el torrente sanguíneo de los animales, la lluvia que cae en los bosques y el flujo de los ríos al mar.

Nos piden reconocer el agua como la maravilla de la vida si hemos de evitar la crisis mundial de la contaminación y la distribución del agua. A fin de corregir las políticas injustas impuestas por quienes se consideran los legítimos dueños del agua, debemos comenzar por celebrar el agua como el patrimonio irreemplazable de toda la humanidad; debemos aceptar el derecho indiscriminado e inalienable al agua para todos los habitantes del mundo. No es posible reducir el agua a la condición de un bien mercadeable para lucro, especialmente para los ricos, especialmente para los pocos. Siempre debe protegérselo como parte de la calidad de vida fundamental, especialmente para los más vulnerables, especialmente para nuestros hijos.

En el tercer día de la Creación, “dijo Dios: Júntense las aguas que están debajo de los cielos en un mismo lugar... y fue así. Y vio Dios que era bueno... Así Dios creó cada ser viviente que vive en las aguas. Y vio Dios que era bueno.” (Génesis 1:9-21). En idioma griego la palabra “bueno” implica belleza y armonía. Lo menos que le debemos a Dios, a este mundo y a nuestros hijos es preservar la belleza de las aguas de nuestro planeta, para poder dejar tras nuestro un mundo que sigue siendo bueno


Su Santidad Bartolomeo de Constantinopla, Arzobispo de Constantinopla, Nueva Roma, y Patriarca Ecuménico.

Foto: Nikolaos Manginas


Este número:
Indice | Editorial K. Töpfer | A la corriente principal | Los días olvidados de la Creación | Restaurando una perla | ¡Impidan que mi país desaparezca! | Liberación de la energía | Los océanos necesitan a las montañas | Gente | Un corredor en el océano | De un vistazo: mares, océanos e islas pequeñas | Perfil: Cesaria Evora | Ninguna isla es una isla | Islas pequeñas, gran potencial | Pequeño = vulnerable | Resistencia natural | Publicaciones y productos | Apartando el petróleo de las aguas turbulentas | Restablecimiento del equilibrio | Vecinos sin fronteras | ¿Acaso esperará la madre naturaleza? | Los canarios del Pacífico


Artículos complementarios:
Water, 1996
His All Holiness the Ecumenical Patriarch, Bartholomew of Constantinople:
Seas of Change (Oceans) 1998
Elizabeth Khaka: Small Islands, big problems (Freshwater) 1998
Tourism, 1999
Small Islands, 1999
Michael E. Huber: Deep waters, high stakes (Biological diversity) 2000
Melinda Kimble: Joyas de coral (El Patrimonio Mundial y Las Zonas Protegidas) 2003
Mark Collins: Un enredo de arrecifes (El Patrimonio Mundial y Las Zonas Protegidas) 2003


AAAS Atlas of Population and Environment:
Ecosystems