Restaurando
una perla

 
Timothy E. Wirth
describe la devastación ambiental que ha conducido a la agitación política en Haití y sugiere cómo la isla podría volver a convertirse en “la perla del Caribe”

Mucho se ha escrito sobre el triste y recurrente espectro de agitación política en Haití. El tira y afloja entre democracia y dictadura ha existido allí durante las últimas décadas, personificado por la desesperada “gente de los botes” que arriesga todo en la búsqueda de esperanza y oportunidad para el futuro. Sin embargo, muy poca atención se ha dado al apuntalamiento medioambiental de la crisis haitiana y a la destrucción del medio ambiente, acelerada por la aglomeración de la pobreza y el rápido crecimiento de la población.

Al llegar a Haití a fines del siglo XV, Cristóbal Colón describió las maravillas de la isla en su diario: “Las montañas y las colinas, las planicies y las praderas son fértiles a la vez que hermosas. Son sumamente adecuadas para plantar cultivos y criar ganado de todo tipo... los árboles, los frutos y las plantas son muy diferentes de los que se encuentran en Cuba."

Quinientos años después --y 20 años después de mi primera visita-- volví a Haití a mediados de la década del 1990 en nombre del Gobierno de los Estados Unidos. Ya al sobrevolar el país antes de aterrizar, el alcance del agotamiento ambiental del país era visible y chocante. Las exuberantes colinas y verdes praderas descritas por Colón han sido despojadas de toda vegetación, dejándolas virtualmente desnudas. El desolado contraste entre áreas arboladas y tierras despojadas de toda vegetación actúa a modo de una frontera no oficial pero inconfundible entre Haití y la República Dominicana.

Para un pueblo empobrecido, el pesado trabajo diario para satisfacer las necesidades básicas es una fuerza mayor en la erosión de los recursos naturales esenciales y los bienes económicos fundamentales de Haití. Demasiada gente tratando de sacar provecho de demasiado pocos recursos naturales de la Tierra ha conducido a una de las tasas de deforestación más altas del mundo. La capa arable se ha perdido a la erosión. Los ríos están llenos del sedimento resultante y los recursos de agua dulce han disminuido. Estas tendencias --y la contaminación asociada con ellas-- traen como consecuencia enfermedades transmitidas por el agua y daño para la salud humana. Y todos estos desarrollos empujan a los habitantes rurales hacia los centros urbanos de la isla, donde los empleos son escasos. En tal estado de desesperación, las semillas del descontento y el caos político germinan y crecen.

La otra fuerza impulsora es el rápido crecimiento de la población. La población haitiana de 7 millones está creciendo a un ritmo de casi 1.5% anualmente y aumentará en un 30% en los próximos 20 años. La mujer haitiana de promedio tiene cuatro o cinco hijos, cada uno de los cuales viene a una nación cuyas perspectivas económicas, ambientales y políticas están dirigidas en la mala dirección.

Fundamentalmente, cualquier esfuerzo serio para estabilizar a Haití y ayudar a sus habitantes a perseguir un desarrollo sostenible debe ocuparse de la necesidad de planificación familiar y otros servicios básicos de salud reproductiva, así como encarar el problema de la agricultura rural, la ocupación primordial de dos terceras partes de la población. Una estrategia de población completa proveería servicios, promocionaría los derechos humanos y la educación para todos, e integraría a las mujeres en la economía. Un programa de agricultura rural debe ofrecer crédito, fomentar la reforma agraria --dando una participación en la tierra a los agricultores-- y además debe incluir un inventario de la diversidad biológica del país y sus oportunidades.

Es dable suponer que, a menos que se encaren los factores medulares subyacentes de su colapso político y económico, el infortunio de Haití será una pesadilla recurrente para su pueblo, para la causa de la democracia y para las preocupaciones mundiales. No obstante, es posible que un eficaz programa de restauración del medio ambiente sería capaz de volver a convertir a Haití en la “perla del Caribe” de antaño, lo cual también ayudaría a demostrar la poderosa relación entre las fortunas económicas y ambientales del mundo del futuro


Timothy E. Wirth es Presidente de la Fundación de las Naciones Unidas y del Fondo para un Mundo Mejor, y anteriormente fue un representante y senador estadounidense de Colorado. Fue subsecretario de estado para asuntos mundiales en la Administración del Presidente Clinton.

Foto: Mark Edwards/Still Pictures


Este número:
Indice | Editorial K. Töpfer | A la corriente principal | Los días olvidados de la Creación | Restaurando una perla | ¡Impidan que mi país desaparezca! | Liberación de la energía | Los océanos necesitan a las montañas | Gente | Un corredor en el océano | De un vistazo: mares, océanos e islas pequeñas | Perfil: Cesaria Evora | Ninguna isla es una isla | Islas pequeñas, gran potencial | Pequeño = vulnerable | Resistencia natural | Publicaciones y productos | Apartando el petróleo de las aguas turbulentas | Restablecimiento del equilibrio | Vecinos sin fronteras | ¿Acaso esperará la madre naturaleza? | Los canarios del Pacífico


Artículos complementarios:
Small Islands, 1999
La pobreza, la salud y el medio ambiente, 2001
Cumbre Mundial sobre el Desarrollo, 2002


AAAS Atlas of Population and Environment:
Ecosystems