La afrenta
tóxica

 
 Sharyle Patton
describe cómo una invasión química al organismo de las mujeres está amenazando sus derechos tan recientemente ganados.


A diferencia de nuestras bisabuelas --que llegaron al fin de su vida antes de que la revolución química empezara a extenderse a mediados de los años 1950-- hemos asimilado centenares de sustancias tóxicas. Muchas de ellas se acumulan en el tejido graso de nuestro cuerpo, donde permanecen por decenios; otras son absorbidas por nuestro organismo, y metabolizadas y excretadas rápidamente.

La vigilancia biológica provee una imagen de estas cargas para nuestro organismo y constituye la última prueba de nuestra exposición. Los datos que proporciona tienen profundas implicaciones para las mujeres en todas partes del mundo.

La Conferencia Internacional sobre la Población y el Desarrollo de las Naciones Unidas en El Cairo en 1994 y la Cuarta Conferencia Mundial sobre la Mujer de las Naciones Unidas en Beijing al año siguiente confirmaron los derechos de la mujer a disfrutar los más altos estándares de salud física y mental alcanzables. Estos derechos fundamentales --incluso el derecho a la seguridad de la persona, el derecho de crear una familia y el derecho de todas las mujeres a controlar todos los aspectos de su salud, particularmente su propia fertilidad-- se ven seriamente comprometidos por la exposición a productos químicos tóxicos.

Los vientos y las corrientes de aire pueden transportar sustancias químicas persistentes a miles de kilómetros. La nieve en los Alpes suizos contiene DDT usado para el control de la malaria en los trópicos. Las comunidades autóctonas que viven cerca del Círculo Artico tienen altos niveles de bifenilos policlorados (BPC) en su organismo, usados como retardadores de llamas a grandes distancias al sur. No importa si vivimos en Johannesburgo o en Juneau, Roma o Río de Janeiro, todos llevamos en nuestro organismo una muestra de la mezcla de productos químicos creados por un mundo cada vez más industrializado.

El organismo de las mujeres también contiene sustancias químicas encontradas en los productos y procesos que utilizan o a los cuales están expuestas. ¿Acaso han cultivado alimentos con clorpirifos o DDT? ¿Viven cerca de una fábrica contaminante, un incinerador o un cruce de carreteras de mucho tráfico? ¿Han lavado el pelo de sus hijos con productos que contienen lindano? ¿Acaso han usado un solvente particular para limpieza, o un cosmético particular que contiene ftalatos u otras sustancias químicas? Las respuestas se encuentran documentadas en su organismo, que se convierte en el diario químico de su vida.

La expresión genética es mediada por toda una serie de hormonas, neurotransmisores y factores de crecimiento. Nuestro sistema neurológico, nuestro sistema inmune, y los sistemas reproductivo y endocrino todos funcionan usando estos mensajeros químicos para desencadenar eventos biológicos.

Muchos productos sintéticos se parecen a estas sustancias que ocurren naturalmente. Pueden iniciar una cascada de eventos perjudiciales cuando el organismo equivocadamente los acepta y los usa como parte de su “sistema de mensajes”. Muchos de los productos químicos encontrados actualmente en la sangre, la orina, los huesos, la lecha materna, y el tejido adiposo y otros bioespecímenes de las mujeres pueden transmitir tales mensajes no intencionados, cambiando potencialmente la forma en que funcionan los intrincados y frágiles sistemas del organismo. Tal secuestro químico puede ocurrir a muy bajos niveles de exposición, considerados anteriormente como debajo de los umbrales de seguridad estándar.

Muchos productos químicos pueden pasar a través de la placenta durante el embarazo y trastornar el desarrollo del feto durante momentos de crecimiento y diferenciación de células críticos. Los efectos sólo podrán hacerse evidentes en la pubertad o hasta más tarde.

Tradicionalmente, los epidemiólogos se han concentrado en los efectos de altos niveles de exposición a sustancias químicas en pequeñas poblaciones. Ahora, una revolución en la investigación toxicológica nos dice que es necesario preocuparnos por dosis de bajo nivel para poblaciones grandes y que debemos considerar los efectos de los productos químicos en combinaciones que podrían interactuar en maneras no sospechadas y no probadas. Exige que también debemos tomar en consideración a poblaciones especialmente vulnerables tales como los niños (quienes, kilo por kilo, se hallan más expuestos a las sustancias químicas que los adultos), las personas mayores (cuyo organismo podría ser menos capaz de metabolizar y excretar ciertas sustancias químicas) y las mujeres (cuyo flujo mensual de actividad hormonal y su capa extra de grasa epidérmica las hacen particularmente vulnerables).

Así, la toxicología reguladora clásica es insuficiente para guiar los estándares de salud pública, especialmente para las mujeres y sus hijos, que en todas partes del mundo están experimentando una creciente incidencia de una cantidad de enfermedades, incluso ciertos cánceres y discapacidades de desarrollo.

Las tasas de cáncer de mama al parecer están aumentando en muchas regiones, si bien en algunos países la mortalidad está declinando o estabilizándose. La conexión entre el cáncer de mama y las sustancias tóxicas es poco clara, pero varios estudios señalan la necesidad de medidas de precaución. Por ejemplo, parece estar asociada con la exposición a estrógeno durante toda la vida. El organismo reconoce muchos productos químicos sintéticos como sustancias con propiedades estrógenas, de modo que sería dable asumir que la exposición a ellos podría estar vinculada con el cáncer de mama.

La omnipresente dioxina es una sustancia química de este tipo. Un nuevo estudio ha hallado que las mujeres que estuvieron expuestas a altos niveles de alguna forma de la misma después de la explosión industrial de 1976 en Seveso, Italia, corren un riesgo mayor de cáncer de mama.

También es posible que la infertilidad esté aumentando en muchas regiones, si bien las dificultades en la recolección de datos impiden un análisis definitivo. La causa de aproximadamente un tercio de todos los casos de infertilidad a partir de los últimos años de adolescencia hasta poco después de los 30 años es desconocida. La investigación científica reciente indica que los productos químicos tóxicos bien podrían desempeñar un rol.

El bisfenol A --usado en policarbamatos y otros plásticos, el revestimiento de latas, solados, esmaltes y barnices, adhesivos, laca de uñas, discos compactos, aparatos eléctricos-- ha sido medido en la sangre de mujeres embarazadas, en la sangre umbilical después del parto y en el tejido placentario, a niveles dentro de la gama demostrada como capaz de alterar el desarrollo.

Reciente investigación realizada en ratones lo ha asociado con aneuploidía, un error cromosomal que en los humanos causa muchos abortos espontáneos y defectos de nacimiento, incluso el síndrome de Down. Los mecanismos de división de células en ratones son similares a través de una muy amplia gama de organismos vivientes, de modo que los resultados probablemente sean relevantes para la salud humana. Otros estudios indican que la exposición al DDT también aumenta los riesgos de nacimiento prematuro y posiblemente el aborto espontáneo.
Nuestro derecho a alcanzar nuestro más alto potencial está amenazado por la exposición en la matriz a muchas sustancias químicas
Entretanto, el bajo recuento del esperma y su baja calidad están asociados con la exposición a sustancias químicas, incluso plaguicidas de uso común, como alacloro, atracina y diazinón.

Si bien los estudios no son definitivos científicamente, el peso de las pruebas indica que nuestros derechos a la salud reproductiva y a tener hijos con éxito podrían verse amenazados por la exposición a una amplia variedad de productos químicos.

Nuestro derecho a alcanzar nuestro más alto potencial, y cumplir nuestro legado genético humano, está amenazado por la exposición en la matriz a muchas sustancias químicas --incluso BPC y DEHP-- que al parecer alteran la forma en que pensamos y actuamos. Se encontró, por ejemplo, que los niños nacidos con niveles de BPC más altos (pero aún dentro de la gama considerada “normal") a mujeres que viven alrededor de los Grandes Lagos que habían consumido dos o tres comidas de pescado de caza por mes en los años anteriores o durante el embarazo tenían cráneos de circunferencia más pequeña, coeficiente intelectual inferior, períodos de atención más cortos y reflejos más débiles.

Mientras tanto, científicos neerlandeses han informado que varones con exposiciones más altas a BPC con mayor probabilidad se ocuparán de pautas de juego femeninas, mientras niñas similarmente expuestas con mayor probabilidad participarán en juegos masculinos. Se encontró una conducta más feminizada tanto en varones como en niñas expuestos a más altos niveles de dioxina antes de nacer.

Tales estudios son inquietantes en sus implicaciones para la salud física y emocional de la mujer, así como para la salud de su familia. Y sin embargo, sólo pocos de los millares de productos químicos actualmente en uso --o que están produciéndose como subproductos no intencionados de procesos industriales-- han sido probados para sus impactos sobre la salud humana. De manera que desconocemos el pleno impacto que la exposición química podría tener sobre nuestra salud y nuestros derechos humanos básicos.

Acuerdos recientes, especialmente la Convención de Estocolmo, que demanda la supresión progresiva de 12 de los contaminantes orgánicos persistentes más nocivos e incluye un mecanismo para ir agregando otros productos químicos más a esta lista, y la propuesta iniciativa legislativa UE REACH, son primeros pasos sólidos encaminados a asegurar que los derechos de la mujer dejen de ser amenazados por afrentas tóxicas. Es necesario que las mujeres alrededor del mundo estén mejor informadas acerca de las amenazas para su salud --y la de sus familias--, de manera que puedan convertirse en parte de un proceso para encontrar alternativas más seguras, que apoye las pruebas de precomercialización de todos los productos químicos e integre el principio de precaución a las políticas de administración de los productos químicos. Esto protegerá la salud de las mujeres y la salud de futuras generaciones. Y también ayudará a conservar aquello por lo cual hemos venido luchando en la última década: la capacidad de todas las mujeres de poder vivir realizando su pleno potencial


Sharyle Patton es Directora del Programa de Salud y Medio Ambiente de Commonweal.

Foto: Banson


Este número:
Indice | Editorial K. Toepfer | Mucho camino por delante | Consenso práctico | Cambio de poder | Igualdad y eficacia | Gente | Pequeña parcela, gran tranquilidad | Las jóvenes | Avivando el cambio | De un vistazo: Las mujeres, la salud y el medio ambiente | Aishwarya Rai | Oportunidad sin precedentes | Publicaciones y productos | Una herencia química | La afrenta tóxica | Primero emancipar | Compromiso ciudadano | Añadiendo una perspectiva femenina | Después de todo, ¡“naturaleza” es femenino! | Una voz única

 
Artículos complementarios:
Culture, values and the environment 1996
Chemicals 1997
Hazardous Waste 1999
La pobreza, la salud y el medio ambiente, 2001
Cumbre Mundial sobre el Desarrollo, 2002
Las sustancias quimicas, 2002
Energía, 2003
El agua, el Saneamiento, y la Gente, 2003


AAAS Atlas of Population and Environment:
Population and natural resources
Population, waste and chemicals