¡Es un problema de pobreza,
tonto!

 
Jenny Clover
argumenta que la globalización y la desigualdad están aumentando la inseguridad humana, y con ello la inseguridad del medio ambiente.

Africa entró en el siglo XXI enfrentado con una crisis de seguridad y desarrollo de proporciones gigantescas. La representación de los medios de comunicación de esta crisis -con imágenes de campos de refugiados e historias de atrocidad humana- amenazan con trivializarla, concentrando la atención en la pornografía de la violencia. Un análisis más profundo se ocupa de la erosión o el colapso de estados, muchos de los cuales hacía tiempo habían dejado de ofrecer seguridad a sus ciudadanos, de la proliferación de grupos de jóvenes armados que no defienden agenda alguna inteligible internacionalmente, y la incapacidad o falta de voluntad de la comunidad internacional de asegurar, y más tarde garantizar, cualquier acuerdo de paz.

Es verdad que la guerra y los conflictos violentos resultaron en el desplazamiento en masa de personas, el sistemático trastorno de sociedades y la diversión de recursos del uso productivo, pero esta observación no va más allá de su causa y efecto próximos.

En Africa tenemos que ve cómo el Continente y sus partes constituyentes han caído víctimas de los efectos de creciente pobreza y desigualdad. El mundo ha sido reconfigurado y los últimos 20 años han presenciado un reordenamiento radical del ambiente político y económico. La “globalización” ha traído la concentración y centralización de inexplicable e irresponsable poder y, con el mismo, un creciente grado de inseguridad, junto con su difusión geográfica. En efecto, globalización implica exclusión tanto como inclusión. Esto se encuentra en el meollo de la crisis medioambiental del mundo y -de forma inseparable de la misma- de las manifestaciones de una creciente desigualdad mundial, pobreza en aumento, y el recurso a remedios desesperados y a menudo violentos.

Debemos ajustar nuestro pensamiento si hemos de reconocer y aceptar los nuevos retos -- y reconocer que la inseguridad adopta muchas formas. Los enfoques deben ser diversos, multidimensionales y situados a muchos niveles, desde el nivel local al nivel internacional. Esto requiere una consciente interrogación de estructuras, instituciones y procesos donde es evidente que los mismos amenazan o socavan la seguridad de la gente, así como una visión más holística de qué constituye la seguridad humana. Lamentablemente, la actual moda de “seguridad de homeland” o tierra natal ha distraído la atención de la urgente tarea de contestar a las preguntas: ¿seguridad de quién, seguridad de qué, seguridad cómo?

En vista de que algunos investigadores se han apartado de los entendimientos estrechamente definidos de amenazas, vulnerabilidad y mecanismos de respuesta, la “seguridad medioambiental” se ha convertido en uno de los campos críticos de la agenda de seguridad, reflejando una preocupación común por las implicaciones del cambio del medio ambiente. Sin embargo, el término ha generado considerable confusión y debate polémico sobre la conexión entre el medio ambiente y la seguridad.

Las primeras investigaciones hicieron hincapié en asegurar la integridad del medio ambiente, pero para los años 70 el centro de atención había cambiado de la degradación humana de la naturaleza, más específicamente, hacia los efectos que trajeron aparejados los conflictos violentos. Las preguntas de si los problemas medioambientales en verdad eran problemas de seguridad fueron contestadas por una investigación concentrada principalmente en escasez medioambiental. En fecha más reciente, la investigación ha empezado a destacar la importancia de los conflictos que surgen del control refutado de recursos no renovables.

El término “nuevas guerras” fue acuñado para reflejar la naturaleza cambiante de la guerra, el gradual cambio en las causas de conflictos y en su duración, y la creciente incidencia de conflictos regionales. En apariencia basados en políticas de identidad, categoría de estado (control o secesión), y en el control de recursos naturales y otros, estos conflictos eran considerados en gran parte como desprovistos de los objetivos geopolíticos o ideológicos que habían caracterizado a guerras anteriores. Los debates de “codicia o agravio” argumentaron que podrían, y deberían, integrarse factores de medio ambiente a los asuntos de seguridad tradicionales. Esto movió el centro de atención más allá de la degradación ambiental o la seguridad per se, a la observación de que esta última podría plantear un problema de seguridad debido a su potencial para causar violencia o conflicto.

No obstante, esta versión del debate “medio ambiente-y-seguridad” ofrecía tan sólo una ampliación parcial de la agenda de seguridad: lo que se proponía asegurar quedaba basado en la supervivencia del estado. Tal enfoque era consistente con las ideas convencionales de seguridad nacional, que no garantizan necesariamente la seguridad de individuos y comunidades.

En contraste al enfoque partidario del estatismo está el argumento a favor de un enfoque más disciplinario e integrativo, que ve la seguridad medioambiental como un componente crucial del concepto más amplio de “seguridad humana”: identifica al individuo y, por extensión, la comunidad local y mundial, como el objeto de seguridad. La amplitud de esta nueva conceptualización en sí misma no se presta a una aclaración fácil. Pero la cosa importante es evitar el riesgo de dicotomizar los seres humanos y la naturaleza.

Con harta frecuencia, el medio ambiente, o la naturaleza, es representado como la incumbencia de sólo otro grupo de interés especial más, una “cosa imaginada” que requiere protección y para la cual se promueven arreglos técnicos. Esto a menudo va acompañado de una continua aceptación de la preeminencia de intereses humanos, como si éstos fueran separados del medio ambiente. Si se entiende el medio ambiente como incluyendo a los seres humanos, la definición del problema cambia y la seguridad medioambiental es reformulada en términos de seguridad humana, integrando la comprensión profunda de la seguridad ecológica. Jane Luchenco, la zoóloga y ex presidenta de la Asociación Americana para el Avance de la Ciencia (American Association for the Advancement of Science) lo resumió acertadamente en un artículo en Science: “Al hacerse aparente la magnitud de los impactos humanos sobre los sistemas ecológicos del planeta, aumenta la comprensión de las íntimas conexiones entre estos sistemas y la salud humana, la economía, la justicia social y la seguridad nacional. El concepto de lo que constituye ‘el medio ambiente’ está cambiando aceleradamente.”

El campo de los estudios de seguridad humana aún es emergente. Existen ambigüedades, pero éstas no deberían impedir que se preste mayor atención a los cambios en el medio ambiente y su relación con la seguridad humana. No se trata de un argumento para redefinir simplemente la seguridad internacional o nacional, sino de una mayor apreciación de la esencia de ciertas amenazas y un enfoque más integral hacia las políticas de seguridad.

En particular, debemos apartarnos de argumentos sobre si el conflicto es un resultado de la escasez de recursos -en sí misma determinada a menudo por relaciones de poder socio-políticas- para prevenir tal escasez. Debemos ocuparnos más de la distribución equitativa del poder que con el conflicto violento como la fuente principal de inseguridad. La seguridad humana da prioridad a la urgencia de que los seres humanos puedan vivir libres de temor y libres de indigencia. Y también implica ir más allá de un enfoque basado en necesidades, hacia un enfoque basado en derechos.

La seguridad medioambiental podrá ser inalcanzable en cualquier sentido absoluto. Pero el deterioro del medio ambiente total es tan grave que detenerlo, o hasta disminuir su ritmo, es una cuestión de supervivencia. Es necesario hacer comprender a quienes ocupan posiciones de poder que el objetivo de “seguridad sostenible” que integre la seguridad humana, estatal y ambiental es vital para todos.

También es necesario que se reconozca la importancia de la cooperación medioambiental. No debe pasarse por alto el potencial para la confianza, armonía y cooperación que surge del nexo de los problemas de seguridad y medio ambiente. La concentración exclusiva en las amenazas pasa por alto las oportunidades relacionadas con el medio ambiente para mejorar la seguridad humana. Lo que se llegue a comprender con este debate tiene importantes implicaciones para emprender medidas prácticas. La protección y un ordenamiento responsable de los recursos naturales, por ejemplo, pueden jugar un rol en las tareas de prevenir pautas desiguales de distribución de recursos, explorar mecanismos de gobernanza, formar capacidad internacional y habilitar a las poblaciones locales


Jenny Clover es Investigadora Superior del Programa Africano de Análisis de Seguridad, Instituto para Estudios de Seguridad, Sudáfrica.

Foto: Jie Fu/PNUMA/Topham


Este número:
Indice | Editorial K. Toepfer | Despertando a la realidad | Plantando la seguridad | Paz natural | Gente | No podemos andarnos con dilaciones | Atrayendo la inversión privada | Remodelando el debate sobre energia y seguridad | De un vistazo: La seguridad del medio ambiente | Perfil estelar: Salman Ahmad | ¿Cuántas tierras harían falta? | Cascos verdes | Publicaciones y productos | Una iniciativa para el cambio | Seguridad en medio de turbulencia | El agua y la guerra | Venciendo la “maldición de los recursos” | Una paz verde | ¡Es un problema de pobreza, tonto!