No podemos andarnos
con dilaciones

 
Joseph Lieberman
hace un llamamiento al liderazgo para aceptar el reto del calentamiento de la Tierra y usar las fuerzas del mercado para reducir las emisiones

El calentamiento de la Tierra es uno de los grandes retos de nuestro tiempo. Desde luego, las emisiones de gases de efecto invernadero de la quema de combustibles fósiles amenazan a nuestro medio ambiente, pero también presentan una amenaza para nuestra economía y nuestra salud pública. Por otra parte, también representan un reto al liderazgo político. Los funcionarios públicos deben estar dispuestos a estudiar la ciencia, enfrentar los hechos y a hacer algo para encarar un problema que está apareciendo, pero cuyas consecuencias más difíciles, y potencialmente devastadoras, todavía están más allá del horizonte.

Es necesario que comprendamos los hechos relativos a la necesidad de una nueva política energética. El calentamiento de la Tierra nos obligará a cambiar la manera en que producimos y consumimos energía. Es hora de acelerar la transición del mundo a fuentes de energía más limpias, más eficientes. Como los mayores emisores de gases de efecto invernadero, nosotros en los Estados Unidos debemos demostrar que estamos aceptando nuestra responsabilidad de formar parte de la solución mundial para este problema mundial.

Al enfrentarnos al cambio climático también ayudaremos a tratar las crecientes preocupaciones sobre nuestra seguridad energética nacional. A medida que economías en desarrollo como China y la India van creciendo con celeridad, crece su demanda de petróleo barato, creando nuevas presiones sobre un mercado ya ajustado para un recurso finito que yace predominantemente bajo naciones agitadas por el terrorismo y que no son nuestros más fuertes aliados.

Por su parte, Estados Unidos puede reducir su dependencia de los combustibles fósiles de forma considerable y hacer uso de una producción energética más limpia mediante políticas basadas en principios de mercado libre. Es ésta la razón por la cual mi colega en el Senado de EE.UU., John McCain, y yo hemos introducido una Ley de Gestión del Clima, y volveremos a hacer otro tanto en el nuevo Congreso. Esta legislación requeriría una reducción en los niveles de emisión de dióxido de carbono a niveles de 2000 para 2010, poniendo un tope al total de las emisiones de gas de invernadero de la generación de electricidad, el transporte, los sectores industrial y comercial, creando un mercado para empresas individuales para negociar créditos de emisión.

Visto desde un análisis puramente económico, una importante razón por la cual Estados Unidos no se aparta del uso de energía insostenible y perjudicial para el medio ambiente es que los plenos impactos de nuestro uso no están incluidos en el precio. Si pusiéramos un precio de mercado a las perjudiciales emisiones de gas de efecto invernadero, nuestra Ley propuesta proporcionaría tal mecanismo de fijación de precios. Esto empujaría la inversión del sector privado hacia tecnologías de combustibles no fósiles, sin emisión de gases de invernadero simplemente reestructurando el mercado para reconocer su valor.

Nuestra propuesta tiene sus raíces en el programa sobre lluvia ácida negociable establecido en 1990. Yo trabajé en la elaboración del programa de “cap and trade” ("tope y trueque") para controlar las emisiones de dióxido de azufre de las centrales eléctricas que estaban destruyendo bosques, vías fluviales y flora y fauna silvestres con lluvia ácida. En ese momento, la industria energética se quejaba de que les costaría más de $1.000 por tonelada cumplir con el plan de “cap and trade”.

Sin embargo -usando el mismo sistema flexible, basado en el mercado, que proponemos usar para tratar el calentamiento de la Tierra- estos créditos de emisiones se venden hoy día a tan sólo $128 a $260 por tonelada. Los críticos estaban muy lejos de la realidad en ese entonces. Y están muy equivocados ahora en sus cálculos, con sus predicciones de costos por las nubes si nuestro proyecto de ley llega a ser aprobado.

En efecto, un reciente estudio del Massachussets Institute of Technology estimó que nuestro proyecto de ley costaría aproximadamente $20 por hogar, por año. Esto equivale a poco más de 5 céntimos por día para una familia de cuatro personas. Otro estudio del Tellus Institute previó que nuestra legislación ahorraría $48 mil millones a los estadounidenses para el año 2020, gracias a la reducción en la demanda de energía.

Si continuamos postergando nuestras decisiones relativas al cambio climático, el precio aumentará. Sin lugar a dudas, las medidas preventivas que reducen los cambios climáticos costarán menos que adaptar nuestra civilización a los dramáticos cambios anticipados. Trasladar las ciudades costeras, reconstruir infraestructuras, y realojar viviendas y familias ocasionará trastornos y será costoso. En efecto, debido a la inseguridad respecto al creciente riesgo de severos acontecimientos meteorológicos y otros efectos potenciales del calentamiento de la Tierra, los aseguradores están cobrando primas más altas a empresas y propietarios de viviendas para cubrir costos más elevados anticipados. Tal continua inseguridad obstaculiza la actividad económica general, e impide a cooperaciones e inversores tomar decisiones sólidas.

Contrastemos esto con los beneficios económicos potenciales de encarar el problema del calentamiento de la Tierra. La necesidad del mundo de cambiar hacia tecnologías energéticas de emisiones más bajas creará vastos nuevos horizontes de oportunidades comerciales. Los beneficios económicos potenciales de confrontar el cambio climático gravitan más que los riesgos -- y comprender estas recompensas podría ser la fuente de una ventaja mundial competitiva de un país. A través de los próximos 20 años, se gastarán $10-20 billones mundialmente para nuevas tecnologías energéticas.

La protección del medio ambiente y el crecimiento económico no se excluyen mutuamente -- se fortalecen mutuamente a largo plazo. Las medidas mesuradas para poner freno al calentamiento de la Tierra de una forma favorable al comercio prometen no sólo salvarnos de una degradación medioambiental sino abrir nuevas oportunidades e impulsar nuevas tecnologías innovadoras que los negocios estadounidenses podrían aprovechar.

La adopción de la Ley de Gestión del Clima es la primera medida a tomar para los Estados Unidos. La segunda medida es hacerla funcionar. Y esto requerirá liderazgo a todos los niveles a través de la nación. Con frecuencia, cuando hablamos de la creación de este tipo de esfuerzo nacional, usamos analogías de tiempos de guerra. Yo quiero usar un modelo de tiempos de paz -- la carrera a la luna.

El programa lunar es un modelo apto para la movilización amplia que hoy necesitamos para encarar el calentamiento de la Tierra -- y para demostrar que, en vez de perjudicarla, esto ayudará a la economía. Un medio ambiente sano y una economía floreciente son metas conjuntas, no en conflicto. Tomamos tecnologías existentes y las mejoramos, haciéndolas más poderosas y menos costosas para lograr un adelanto histórico --poner un hombre sobre la luna.

Muchas de estas mejoras, innovaciones e inventos luego fueron introduciéndose a la economía -- estimulando el crecimiento, creando empleos, e impulsando innovaciones científicas y tecnológicas mundialmente.

Esto es precisamente donde nos encontramos actualmente en el reto de afrontar los cambios climáticos.

Hemos aprendido a fabricar pilas de combustible (conocidas como pilas de Grove) y paneles solares. Hemos aprendido cómo hacer menos contaminantes las centrales eléctricas que queman carbón. Hemos aprendido a fabricar coches y camiones más seguros y confortables -- y menos contaminantes y sedientos de combustible.

Lo que hace falta ahora es crear una atmósfera que impulse y alimente el desarrollo de estas tecnologías. En los Estados Unidos, esto es precisamente el propósito de la Ley de Gestión del Clima, creando un mercado que convierte en algo valioso la reducción del gas de efecto de invernadero. Y exactamente como el programa lunar, al llevar estas innovaciones al mercado impulsaremos la economía y crearemos empleos.

Consideremos el coste y las consecuencias de la inacción, pues ellos sin duda arruinarán la economía de forma mucho más destructiva de lo que sería capaz de hacer cualquier programa de control de los gases de invernadero. Imaginemos el coste de la destrucción de nuestras ciudades situadas en zonas costeras bajas por el alza de los niveles del mar. Imaginemos el costo cuando las tierras arables actualmente productivas -en este país y alrededor del mundo- se resecan y mueren por el calor abrasador y las sequías. Imaginemos la hambruna.

Imaginemos los costos médicos para tratar las enfermedades transmitidas por los insectos, actualmente raras. E Imaginemos el costo del programa regulador severo que estaremos forzados a aprobar, si los impactos sobre el medio ambiente resultantes del calentamiento de la Tierra llegan aquí sin contender.

Nuestra nación -- es más: nuestro planeta no puede esperar a que tropecemos con una respuesta. Las consecuencias y los costos de la inacción son demasiado altos. Sabemos que una larga sombra amenazante está marchando hacia nuestras costas -- hacia nuestros pueblos y nuestras ciudades. Pero también sabemos que, si actuamos ahora, el calentamiento de la Tierra no es un conquistador al que debemos temer -- sino un reto que debemos afrontar.

Las Sagradas Escrituras nos dicen que la Tierra y su plenitud pertenecen a Dios, lo que sin duda es la verdad -- y nos recuerdan que nosotros sólo somos visitantes. Debemos recordar que no poseemos la Tierra. Tenemos la suerte de vivir en ella durante un tiempo, y este tiempo va acompañado de la responsabilidad de administrarla bien.

Es necesario que aceptemos este reto. Hacer menos ahora -cuando evidentemente estamos tan seriamente confrontados- es deshonrar nuestro pasado, desacreditar nuestro presente y devaluar nuestro futuro. El calentamiento de la Tierra es un problema del cual deberíamos habernos empezado a ocupar ayer. Debemos empezar a actuar hoy mismo. No podemos esperar hasta el día


Joseph Lieberman es Senador de los Estados Unidos de Connecticut. Fue candidato demócrata nominado para Vicepresidente en 2000.

Foto: Banson


Este número:
Indice | Editorial K. Toepfer | Despertando a la realidad | Plantando la seguridad | Paz natural | Gente | No podemos andarnos con dilaciones | Atrayendo la inversión privada | Remodelando el debate sobre energia y seguridad | De un vistazo: La seguridad del medio ambiente | Perfil estelar: Salman Ahmad | ¿Cuántas tierras harían falta? | Cascos verdes | Publicaciones y productos | Una iniciativa para el cambio | Seguridad en medio de turbulencia | El agua y la guerra | Venciendo la “maldición de los recursos” | Una paz verde | ¡Es un problema de pobreza, tonto!

Artículos complementarios:
En el número: Climate and Action 1998
En el número: Climate Change 1997
Richard G. Lugar: Energía vegetal (Energía) 2003