¿Cuántas tierras
harían falta?

 
Jacqueline McGlade
describe cómo el estándar de vida europeo está arraigado en el uso excesivo de recursos de otras partes del mundo y hace un llamamiento a una revolución de eficiencia ecológica

El filósofo Isaiah Berlin es famoso por definir dos libertades: la libertad de hacer cosas buenas, y la liberación de obstáculos y restricciones. La buena vida viene de lograr un buen equilibrio entre ambas.

Mucho esfuerzo se ha dedicado a conseguir las “libertades de”, tales como la libertad de palabra, la libertad de actuar, de votar, organizar y de crear trabajo y riqueza, por lo menos hasta el punto de que ejercitar estas libertades limita las libertades y los derechos de otros. Cada vez se hace mayor hincapié en conseguir “libertades de”, por ejemplo, de librarse del miedo, la pobreza, el hambre, accidentes, terrorismo, desempleo, falta de vivienda, y enfermedad.

En fecha más reciente, ha emanado el concepto de “seguridad del medio ambiente” para definir una nueva clase de estas libertades negativas, tales como la escasez de agua, energía y otros recursos vitales, y la contaminación, de desastres naturales e industriales, y la falta de los servicios esenciales ofrecidos por los ecosistemas (ver tabla). Cuando tales inseguridades son suficientemente altas, pueden ocasionar migraciones que en sí mismas son fuentes de mayor inseguridad.

La preocupación por tales fuentes de inseguridad medioambiental ha ido aumentando en círculos de política exterior y militares desde hace por lo menos una década. En 1996, el entonces Secretario de Estado de EE.UU., Warren Christopher expresó: “Nuestra capacidad de avanzar nuestros intereses mundiales está inextricablemente vinculada con la forma en que manejamos los recursos naturales de la Tierra... [y a cómo afrentamos] el enorme peligro nuevo planteado a nuestros intereses nacionales por la amenaza al medio ambiente y la inestabilidad mundial y regional resultante”.

Lamentablemente, las mentes militares y las comunidades de seguridad en muchos países no son muy apropiadas para ocuparse de estas nuevas amenazas: son demasiado conservadoras, son insulares y están demasiado enfocadas en obvias amenazas militares a corto plazo. En contraste, gran parte del público está más a tono con estos nuevos peligros y con lo que es necesario para corregirlos -- en una reciente votación, el público eslovaco juzgó que la primera prioridad de su ejército era prestar ayuda en casos de desastres naturales. En vista de que las inundaciones, las olas de calor, avalanchas e incendios asociados con el cambio climático están aumentando en Europa y otras partes del mundo, los públicos dependerán cada vez más de la ayuda militar cuando ocurren desastres.

La seguridad nacional y ambiental en Europa ha estado ligada con una compleja red de imperialismo y colonialismo desde el comienzo de la Revolución Industrial. Europa nunca ha sido autosuficiente en las materias primas necesarias para satisfacer sus pautas de consumo y sus estilos de vida.

Los estándares de vida europeos dependen en alto grado -y cada vez más- de recursos que se hallan fuera de sus fronteras y que también compiten con la demanda de las economías en expansión de China, India y América del Sur. Por ejemplo, el 95 por ciento del agua de Hungría proviene de países vecinos y el 40 por ciento del gas europeo proviene de Rusia a través de Ucrania, una inseguridad que recientemente despertó una advertencia urgente de la Agencia Internacional de la Energía.

Durante la lucha para la independencia de la India, se le preguntó a Mahatma Gandhi si su país liberado lograría los mismos estándares de vida como su poder colonial. “Gran Bretaña necesitó la mitad de los recursos del planeta para alcanzar su prosperidad”, contestó. “¿Cuántos planetas necesitará un país como la India?”

Hoy día, gracias al Informe Planeta Vivo del WWF, tenemos una respuesta. Si los estándares de vida fueran replicados en todas partes del mundo, concluye el Informe, la humanidad necesitaría más de dos planetas y medio como la Tierra para renovar los recursos tan rápidamente como se están consumiendo (ver gráfico). Hasta en la actualidad, agrega, la demanda mundial excede la capacidad regenerativa del planeta en un 20 por ciento aproximadamente.

Si se desea evitar que no aceleren las inseguridades relativas al medio ambiente, tanto en Europa como en el mundo entero, debe haber una revolución de eficiencia ecológica que permita altos estándares de vida acompañados de una reducción de por lo menos diez veces en el uso de energía y materiales, desacoplando así el uso energético y de recursos de la actividad económica. Tal innovación radical podría dejar suficiente lugar ecológico para poder alcanzar buenos estándares de vida para los 5.500 millones de habitantes que viven en países de la OCDE, sin la necesidad de planetas adicionales imposibles de conseguir.

El desacoplamiento depende de cuánto consume cada persona, y de la eficiencia de la producción de mercancías; y también debe tratarse la equidad en el consumo. Es posible mejorar la eficiencia ecológica en gran medida de tres maneras principales, a saber: en primer lugar, con el uso más proporcionado y equitativo de los recursos mediante innovaciones ecológicas que aprovechan bien la mano de obra y el capital natural. En segundo lugar, cambiando el equilibrio de los productos de gran necesidad de capital hacia servicios de necesidad de mano de obra. En tercer lugar, logrando una vida de alta calidad más bien a través de un enfoque en “suficiencias cualitativas” en el consumo y la amenidad en vez de tan sólo “eficiencias cuantitativas” en el uso de recursos y energía.

Un informe de la Agencia Europea para el Medio Ambiente publicado en 2004, EEA Signals, demuestra algún progreso en la eficiencia ecológica relativa en el uso energético: el consumo de energía aumentó en un 7 por ciento entre 1995 y 2001, pero no tan aceleradamente como el aumento de 16 por ciento en el crecimiento económico. Sin embargo, se ha registrado poco progreso en otros campos tales como el transporte, el uso de recursos y la creación de desechos. Monitorear estas tendencias para detectar advertencias tempranas es crítico: el propuesto Sistema Europeo de Vigilancia Mundial y Seguridad (GMES) podría desempeñar un papel clave en esto.

La Comisión Europea, en su “Estrategia de Lisboa”, ha vinculado la estabilidad económica y la prosperidad -sobre todo en cuanto a creación de empleos y competitividad- a la cohesión social. Esto es visto en su mayor parte como un asunto socio-económico, que debe ser tratado a través del desarrollo del mercado interno, poniendo mayor énfasis en el empleo, la tecnología y la innovación, y en la ciudadanía y la responsabilidad individual.

La industria de Europa está experimentando un cambio de la estructura de fabricación a los conocimientos basados en servicios. Simultáneamente, la población de Europa está volviéndose mayormente urbanizada y más separada físicamente de los recursos naturales que mantienen las pautas de consumo y sostienen su calidad de vida. Estos factores se combinan para crear una percepción de gran distancia de los recursos naturales en la mente de muchos ciudadanos.

El medio ambiente de Europa desempeña un rol clave, pero a menudo olvidado, en sostener su estructura social. La equidad ambiental ha sido identificada como un componente clave en la estabilidad y la cohesión social a muchas escalas diferentes, desde la seguridad nacional hasta la estabilidad local. A largo plazo, los problemas ambientales -tales como los cambios climáticos, puntos conflictivos de contaminación atmosférica urbana o excesiva dependencia de la importación de energía y recursos- pueden actuar para desestabilizar la sociedad europea. Por lo tanto, unas políticas ambientales sólidas, acompañadas de procesos abiertos y transparentes para comparación de desempeños y progreso nacional, son elementos importantes para mantener la cohesión social.

En 2004 las fronteras de Europa se extendieron hacia el este, acercándose cada vez más a zonas menos estables en el Cáucaso, Asia Central y el Oriente Medio. En el mundo “post 9-11” (después del 11 de septiembre), el problema de la seguridad ocupa ahora un lugar firme en la agenda pública europea. Dentro de la Europa recientemente ensanchada existe una mayor injusticia que nunca antes. El PNB combinado de los diez nuevos estados es inferior al PNB de muchos países europeos individuales. Las disparidades regionales están aumentando entre el este y el sur rural, y el centro y norte más opulentos. Con la expansión potencial de Europa que incluiría a Turquía, Rumania y Bulgaria, estas desigualdades bien podrían tornarse más pronunciadas en los próximos años.

Europa puede ayudar a aumentar la cohesión social y la seguridad ambiental, tanto dentro de la Unión Europea como más allá, asumiendo responsabilidad activa para su uso de la naturaleza, promoviendo una mejor práctica en tecnologías de eficiencia ecológica y desarrollando políticas de protección ambiental sólidas que beneficien a todos


La Profesora Jacqueline McGlade es Directora Ejecutiva de la Agencia Europea para el Medio Ambiente.

Foto: Myung Von Kang/PNUMA/Topham


Este número:
Indice | Editorial K. Toepfer | Despertando a la realidad | Plantando la seguridad | Paz natural | Gente | No podemos andarnos con dilaciones | Atrayendo la inversión privada | Remodelando el debate sobre energia y seguridad | De un vistazo: La seguridad del medio ambiente | Perfil estelar: Salman Ahmad | ¿Cuántas tierras harían falta? | Cascos verdes | Publicaciones y productos | Una iniciativa para el cambio | Seguridad en medio de turbulencia | El agua y la guerra | Venciendo la “maldición de los recursos” | Una paz verde | ¡Es un problema de pobreza, tonto!

Artículos complementarios:
Gente (El Patrimonio Mundial y Las Zonas Protegidas) 2003