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la tarea

 
Richard Gutierrez sostiene que el Convenio de Basilea no ha vencido la insensatez y la brutalidad en el comercio de desechos tóxicos y hace un llamamiento a forjar auténticas colaboraciones para encontrar soluciones sostenibles

“Yo creo que la lógica económica tras verter una carga de desecho tóxico en el país de salarios más bajos es impecable y debemos hacer frente a esta realidad... Siempre he pensado que los países menos poblados en Africa están muy infracontaminados.” Lawrence Summers, 1991

“...Perfectamente lógico pero totalmente insensato... un ejemplo concreto de la... brutal inconsideración social y la arrogante ignorancia de muchos ‘economistas’ convencionales con respecto al mundo en el cual vivimos...”. Esta fue la respuesta del ministro brasileño para el medio ambiente a la infame declaración del Señor Summers, hecha cuando era el economista principal del Banco Mundial. Las palabras del Señor Summers podrán no haber iniciado el comercio mundial en desechos peligrosos, mas por cierto expresaban las fuerzas detrás del mismo.

Desde su comienzo, el Convenio de Basilea ha debido enfrentarse con la insensata lógica de economistas convencionales y la brutal falta de consideración social del comercio en desechos. Cualquier valoración de los logros de Basilea debe juzgarse según cómo las Partes han prevalecido sobre estas fuerzas.

Los años 80 fueron una década de mercados liberales y una mayor globalización -- un caldo de cultivo para los comerciantes en desechos para verter sustancias tóxicas en países en desarrollo. “Jolly Rosso”, “Khian Sea” y “Koko Beach” tipificaron la anarquía del comercio en desechos tóxicos de la década. El Convenio de Basilea nació de este caos en 1989.

Al principio, el Convenio tambaleó y estuvo al borde de venirse abajo, al fracasar en el intento de prevalecer sobre el comercio tóxico y de prohibir las exportaciones de naciones ricas a países más pobres.

El grupo africano --que había iniciado el Convenio-- quedó decepcionado con el texto resultante y se negó a firmarlo. Consideró el Convenio como un instrumento fracasado que, en lugar de penalizarlo, legitimaba el comercio en desechos peligrosos mediante notificación. Su sentimiento era compartido por otras naciones en desarrollo, unos pocos países europeos, y por organizaciones no gubernamentales para el medio ambiente.

Pero estos diversos grupos no se dieron por vencidos. Guiados por países en desarrollo, colaboraron y establecieron prohibiciones regionales: para 1992, fecha en que entró en vigor el Convenio de Basilea, más de 88 países habían prohibido la importación de desechos peligrosos.

Los esfuerzos de cooperación impulsaron hacia la progresiva entrada de países europeos y su esfuerzo por lograr lo que la mayoría de ellos creían que Basilea había necesitado desde un principio: una barrera del comercio mundial contra la explotación de economías más débiles con desechos tóxicos. Así, en 1994, las Partes decidieron adoptar por consenso la propuesta de G-77 y China (Decisión II/12) de prohibir la exportación de todos los desechos peligrosos (incluso para reciclaje) de países pertenecientes a la Organización para Cooperación y Desarrollo Económicos (OCDE) a países no pertenecientes a la OCDE. Al año siguiente establecieron la prohibición como una enmienda al Convenio (Decisión III/1).

Esto fue un logro titánico. Países industrializados, tales como los Estados Unidos, Japón y Canadá, lucharon arduamente para impedir la prohibición global, pero la asociación de múltiples interesados perseveró, estableciendo el modelo y ejemplo mundial de justicia medioambiental.

Para fines de los años 1990, el número de barcazas y bidones tóxicos había disminuido -- testimonio del éxito de las prohibiciones de exportación, una regulación más estricta y mayor conciencia creados por el Convenio y sus decisiones. Sin embargo, ahora --cuando la Séptima Reunión de la Conferencia de las Partes (COP7) trata el tema de las “Alianzas para hacer frente al problema de los desechos a nivel mundial”, y cuando el Convenio está embarcándose en asociaciones limitadas con la industria--, el comercio en desechos ha vuelto a aumentar, por ejemplo con la exportación de barcos en desuso y desechos de postconsumo (v.gr. productos electrónicos) a países en desarrollo. La cantidad de productos tóxicos transferidos a otros países es pasmosa. Tal como sus antecesores, estos desechos victimizan a algunos de los pueblos más pobres y más desesperados del mundo: ellos reciben la carga desproporcionada del efluente tóxico de los afluentes.

Es preciso finalizar dos importantes tareas sin completar. En primer lugar, ya que el número de ratificaciones necesarias para que puedan entrar en vigor todavía no se ha alcanzado, las Decisiones de Basilea se encuentran en gran peligro de convertirse en “tigres de papel”. Las Partes deben aclarar la incertidumbre que pende sobre este asunto expresando una decisión inequívoca que confirme la interpretación tradicionalmente entendida respecto al número requerido de ratificaciones. La Convención sobre el comercio internacional de especies amenazadas de fauna y flora silvestres (CITES) recientemente emprendió una medida similar.

En segundo lugar, es necesario poner un tope a la cantidad de desechos peligrosos que están siendo generados y luego ir reduciéndolos paulatinamente. El Convenio debe ocuparse del escandaloso hecho de que --al cabo de 15 años después de su adopción-- esta cantidad ha continuado aumentando. De continuar esto, Basilea se quedará persiguiendo soluciones de etapa final en vano.

La tarea por delante no es fácil. Una vez más, hace falta una cooperación amplia y comprometida que involucre a toda la sociedad civil. Al trabajar junto con la industria en el problema de los desechos electrónicos, el Convenio no debe abandonar sus antiguos socios --los países en desarrollo y las organizaciones no gubernamentales-- sino debe involucrarlos y conferirles un rol activo en la tarea de llegar a una solución. Renovar tales asociaciones pasadas es esencial si han de encontrarse soluciones sostenibles. El liderazgo y la íntima participación de países en desarrollo en las Decisiones de Basilea fueron importantes factores en su éxito anterior. Lo mismo hace falta ahora si las nuevas colaboraciones han de prevalecer sobre la misma lógica peligrosa e insensata y la brutal inconsideración social del comercio en desechos.

El Convenio de Basilea reunió a todas las naciones y a la sociedad civil para proteger a los más vulnerables -- los pobres y el medio ambiente. Ahora, más que nunca, nosotros --los interesados del mundo-- debemos hacer frente a esta realidad y cumplir la promesa del Convenio de Basilea para las generaciones venideras


Richard Gutierrez es el Analista de Políticas para Deshechos Tóxicos de la Red de Acción de Basilea.

PHOTOGRAPH: Gilles Saussier/UNEP/Topham


Este número:
Indice | Editorial K. Toepfer | Formando alianzas, movilizando recursos | Mucho que discutir, mucho que hacer | Hora de ver resultados | Adolescencia y problemas de dinero | Completar la tarea | Creando una sinergia | Nuevos retos

Artículos complementarios:
Shunichi Suzuki: Slimming the Waste (Energy) 2003
Las sustancias quimicas 2002
Jack Weinberg: Enemigos invisibles (Fondo para el Medio Ambiente Mundial) 2002
Hazardous Waste 1999
Alemayehu Wodageneh: Trouble in store (Chemicals) 1997
Frank Wania y Don Mackay: Global Distillation (Chemicals) 1997



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COP7