ace cuatro años, cuando yo era un estudiante de antropología de 20 años, una mañana de lluvia entré en una librería y encontré un poema sobre el Parque Nacional Manú -situado en una de las partes más remotas de la selva del Amazonas en el Perú- que lo describía cómo "vibrante con especies de fauna y flora silvestres".

Yo ya estaba soñando con la idea de obtener experiencia de primera mano de asuntos medioambientales y sociales en Amazonia, y la frase me cautivó. ¿Cómo sería un lugar que vibra con especies de fauna y flora silvestres?

Empecé a investigar la región y descubrí que estaba habitada por el pueblo de los nahua, de los cuales sólo 250 habitantes sobreviven hoy día en la selva. Hasta hace unos 20 años habían rechazado ferozmente cualquier intento de contacto con el mundo exterior. En marzo de 1982 sus flechas habían obligado a retroceder a un grupo élite de las fuerzas armadas peruanas que estaba investigando la posibilidad de construir una carretera a través del parque. La carretera nunca llegó a construirse.

El mundo al revés
También lucharon contra los leñadores que trataban de entrar a su territorio. Pero en 1984 unos leñadores capturaron a cuatro nahuas, y los llevaron a la ciudad local antes de mandarlos de vuelta a sus aldeas. Los hombres volvieron trayendo devastadoras epidemias de enfermedades respiratorias que dentro de un año exterminaron más de la mitad de la población. Los nahua ahora también dependían cada vez más de gente externa para apoyo médico y mercancías como sal, vestimenta, medicinas, escopetas y motores. En un espacio de apenas 20 años, su mundo ha dado un vuelco total.

Encontré cuatro amigos estudiantes -tres chicas y un muchacho- dispuestos a venir conmigo y tratar de vivir con los nahua, y luego emprendí un viaje de reconocimiento para averiguar si nos permitirían ir a visitarlos. Era un plan totalmente descabellado: yo no hablaba español - ¡y ni digamos el idioma nahua! Todo lo que tenía era el nombre de un posible contacto, Federico. Finalmente lo localicé y los dos navegamos durante cuatro días en una piragua para encontrarnos con los nahua.

Una situación compleja
Los nahua celebraron una reunión comunal y acordaron que Federico, mis amigos y yo podríamos volver. Así que pasamos tres meses viviendo y trabajando con ellos en su aldea, Serjali. Formamos una fantástica relación con ellos y estudiamos el impacto social y ambiental de la tala de caoba en su territorio. Llegamos a comprender la complejidad de una situación en la cual los nahua reconocían los efectos perjudiciales de la tala sobre el bosque y su fauna y flora silvestres pero al mismo tiempo necesitaban permitir una pequeña cantidad de tala a fin de poder obtener las mercancías modernas de las cuales habían llegado a depender.

 

Pero no fue tan sólo una experiencia de aprendizaje que únicamente favoreció a una de las partes - nosotros pudimos informar a los nagua de que, aunque no lo supieran, estaban viviendo en una reserva y la tala por gente de afuera era ilegal.

Un año más tarde, después de haberme licenciado, volví a Serjali para descubrir que el territorio nahua había sido invadido por 250 leñadores. Los nahua habían tratado de proteger su tierra, pero los habían amenazado de muerte. Así que, armados con lo que nosotros les habíamos dicho sobre la reserva, emprendieron un viaje de más de tres semanas para protestar ante las autoridades locales. Pero el gobierno central ni siquiera había reconocido sus quejas y los leñadores continuaban cortando árboles.

Los nahua me pidieron ayuda y yo les acompañé a protestar directamente al gobierno central. El gobierno envió una comisión de alto nivel a Serjali y estableció puestos de guardia temporales a la entrada de las tierras amenazadas. Finalmente, los leñadores se retiraron de la reserva, dieron su garantía de que no volverían jamás, y pagaron una suma de compensación a los nahua.

Yo y mis colegas establecimos una organización en el Perú llamada "Shinai Serjali" (literalmente: "Pensar en Serjali") para continuar ayudando a los nahua. Trabajamos con ellos para trazar mapas detallados de su territorio, ayudándoles a utilizar dispositivos de GPS (global positioning system - sistema de posicionamiento global). Ahora están usando los mapas para reclamar un título de propiedad de la tierra que les dará mayor protección legal contra los leñadores y otras industrias; en un acto sin precedentes, recientemente utilizaron el título a fin de modificar una concesión para una prospección petrolífera que invadía ilegalmente su territorio.

También les ayudamos a colocar postes indicadores en puntos de entrada clave a su territorio, anunciando que es tierra de su propiedad. Muchos leñadores emprenden la retirada al ver los postes, y ello también ha contribuido a dar confianza a los nahua para obligar a los leñadores más persistentes a dar marcha atrás. Además les ayudamos a usar una cámara digital para que pudieran sacar fotografías de otra invasión en masa y hasta enviar las fotos por correo electrónico a las autoridades desde la ciudad más cercana.

Los retos más grandes
La vida está cambiando rápidamente para los nahua: se están enfrentando con nuevas y difíciles opciones. Nuestro objetivo a corto plazo es proveerles de seguridad contra presiones externas y concienciarles de modo que puedan tomar decisiones críticas respecto a su propio futuro, en su propio momento y en sus propios términos. Uno de los grandes retos es asegurar que posean la capacidad de comunicar estos problemas y preocupaciones al mundo exterior y de tratar con el gobierno de forma efectiva, sin nuestra ayuda.

 
      foto: Doolittle/Topham/ImageWorks  
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