Dicen que cuando la esposa de uno de los Virreyes españoles del Perú cayó enferma con malaria en el siglo XVII, un curandero indígena la trató con la corteza de un árbol llamado quino. Si la historia es cierta o no, la droga fue adoptada luego por los europeos, que la llamaron "quinina", y desde entonces ha venido usándose para tratar la enfermedad hasta nuestros días.

Los grupos autóctonos, que poseen conocimiento íntimo de los ecosistemas a su alrededor, dependen de la naturaleza para muchos aspectos de su supervivencia diaria, incluso sus medicinas. Los médicos occidentales deben mucho más a estos pueblos de lo que generalmente reconocen.

Los pueblos amazónicos en el Brasil y el Perú, por ejemplo, llevan mucho tiempo usando las raíces de la enredadera Chondrodendron para el tratamiento de fiebres y mordeduras de serpiente, y como arma. Los cazadores usan flechas sumergidas en un líquido extraído de sus raíces. Cuando es herida, la presa cae desplomada al suelo y muere en cuestión de segundos. Los científicos occidentales han adaptado la droga, llamada curare, para fabricar anestésicos modernos, y para el tratamiento de esclerosis múltiple y la enfermedad de Parkinson.

Remedios antiguos
De igual manera, los pueblos autóctonos del Brasil llevan mucho tiempo empleando el jaborandi para fines medicinales, dándole el apodo de "la planta de la boca babeante" porque induce la rápida producción de saliva y sudor. Actualmente se la usa en la medicina occidental para tratar pacientes de cáncer que sufren de sequedad en la boca y la garganta a consecuencia de la radioterapia, y se usa en personas con síndrome de Sjögren, que les impide producir saliva suficiente. La planta ayuda a relajar los músculos oculares, y ha sido adaptada para uso en cirugía oftálmica y en el tratamiento de enfermedades de la vista.

Al otro lado del mundo, una sustancia llamada rauwolfia -producida de una planta polígola que crece en los bosques de la India- lleva usándose miles de años para el tratamiento de enfermedades mentales y nerviosas. Los científicos de Occidente adoptaron esta cura autóctona en los años 40.

 

Cultivando para la salud
Las medicinas locales pueden cultivarse, o pueden recolectarse como plantas silvestres. Muchas tribus de los bosques tropicales mantienen jardines para cosechar plantas importantes, y en Sudáfrica la gente cultiva árboles turbintos y jengibre africano para uso medicinal. En Indonesia no hay necesidad de cultivar campos de alang-alang (usado para el tratamiento de hepatitis), ya que esta variedad de hierba
o juncia (Europhorum) es una de las plantas más comunes que cubren el suelo de los bosques del país.

Aproximadamente el 25 por ciento de las drogas farmacéuticas usadas en Occidente hoy día provienen de plantas, y muchas otras están desarrollándose como medicinas del futuro. Por ejemplo, los científicos creen que el veneno de la rana Epipedobates tricolor, que los habitantes de Ecuador usan para hacer flechas envenenadas, podría dar origen a un calmante para reemplazar la morfina.

Curas locales
Alrededor del 80 por ciento de los habitantes del mundo dependen de los conocimientos de su propia cultura sobre medicinas obtenibles de la naturaleza. Muchos no se pueden permitir el lujo de usar medicinas químicas modernas, pero los tratamientos locales a menudo pueden ser igualmente eficaces o mejores. Una investigación llevada a cabo en Madagascar reveló que unas curas locales, tales como el uso de jengibre para el mareo y Burasaia sp. para la fiebre, eran más efectivas que sus alternativas químicas.

La riqueza de biodiversidad en los lugares más silvestres de nuestro planeta bien podrían ofrecer a la medicina moderna muchas de las curas del futuro, a la vez que siguen sirviendo a quienes viven en esta biodiversidad y la conocen
mejor que nadie.

 
   
      Illustracion: Jana Vodickova  
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