foto: Topfoto/Image Works
 

La mitad de los habitantes urbanos -hombres, mujeres y niños- están obligados a respirar aire potencialmente peligroso todos los días. Muchos centenares de miles mueren a causa de la contaminación del aire exterior, muchos más se enferman de asma, bronquitis y enfermedades cardíacas.

La contaminación atmosférica de la Ciudad de México cuenta entre las peores del mundo - en el pasado, pájaros muertos solían caer del cielo encima de la plaza central. Durante 300 días al año, los niveles de ozono exceden los estándares internacionales, principalmente debido a los 4 millones de vehículos motorizados antiguos y más de 30.000 fábricas de la ciudad.


foto: Shihua Zhao/PNUMA/Topham

Pero hay soluciones. Los Angeles solía ser sinónimo de smog, o niebla tóxica. Pero California del Sur ha hecho mucho para limpiar su atmósfera e introdujo medidas para ecologizar el coche. La mayoría de las ciudades en los países desarrollados han suprimido gradualmente la gasolina con plomo, que puede dañar el cerebro infantil. El cambio al uso de gasolina sin plomo también ahorra dinero - Estados Unidos ahorró $10 por cada dólar invertido en el cambio gracias a la reducción del gasto en atención de la salud, bajo mantenimiento de los motores y a la mejor eficiencia energética.


foto: Topfoto/R. Roberts

La población de las ciudades y metrópolis del mundo aumenta a razón en otro millón de habitantes cada semana, y a medida que van creciendo para asimilar a los recién llegados, hay menos tierra para alimentarlos. Los alimentos deben transportarse de distancias más largas - hasta una tercera parte se estropea en tránsito.

El cultivo en la ciudad ayuda a solucionar este problema. Alrededor del mundo, 850 millones de residentes urbanos (una cuarta parte de la población urbana mundial) se alimentan del producto de unos 200 millones de agricultores urbanos cultivado en parcelas, desde huertos comunitarios y granjas comerciales hasta jardines domésticos y tierras municipales alquiladas en huertos públicos. Algunos proveen a mercados y tiendas; otros sólo consumen lo que cultivan. La agricultura en la ciudad proporciona empleos, así como nutrición vital.

Pero las altas tasas de contaminación y la inadecuada eliminación de los desechos pueden contaminar los cultivos; la mala cría de animales puede acelerar la propagación de enfermedades a los seres humanos, y el uso de las tierras urbanas para agricultura puede aumentar la expansión urbana descontrolada, a medida que personas desplazadas y empresas buscan espacio cercano. A veces tiene sentido económico depender de las tierras rurales fértiles y usar el espacio metropolitano para obtener un mayor rendimiento financiero.

Pero en ciudades tan variadas como Jerusalén, Dakar y San Petersburgo (donde más de la mitad de los 5 millones de residentes cultivan productos), la agricultura urbana está mejorando la vida de
la gente.

 


foto: Dale Hinman/PNUMA/Topham

Niños pobres en los barrios bajos de las ciudades mueren con mayor frecuencia de enfermedades transmitidas a través del agua que sus equivalentes en el campo, a pesar de que las zonas urbanas cuentan con mejor suministro de agua y saneamiento que las rurales. Las infecciones y los virus florecen en los desechos concentrados producidos por la gente en sitios densamente poblados.

En América Latina se estima que 120 millones de habitantes urbanos carecen de acceso a agua limpia; en Africa esta cantidad de eleva a 150 millones y en Asia a 700 millones. Y más personas aún carecen de saneamiento: 150 millones en América Latina, 10 millones en Africa y 800 millones en Asia.

Entretanto, muchas ciudades desde Fénix a Johannesburgo, Lima a Madrid deben traer agua de cientos de kilómetros de distancia, cuando las lluvias fallan y su suministro de agua subterránea se agota.

Los líderes del mundo prometieron reducir a la mitad el número de personas que viven sin agua limpia y saneamiento para el año 2015. El progreso es mixto, pero algunos países -como Sudáfrica- están bien en la delantera de la meta, demostrando lo que es posible hacer. Entretanto, conservando agua y plantando árboles en las cuencas es posible proteger preciosas existencias.

Hace mucho que los seres humanos reconocieron el valor de los espacios verdes urbanos, desde los Jardines Colgantes de Babilonia del siglo VI y la horticultura palaciega de Florencia renacentista hasta las ciudades-jardín planeadas en Inglaterra victoriana y el Parque Central en Nueva York de hoy.

Ha sido demostrado que los parques y los sitios naturales mejoran la salud física, mental y emocional de personas tan diversas como pacientes de cáncer, niñas escolares y ocupantes de las casas de vecindad. Los espacios públicos verdes pueden fortalecer el orgullo cívico, crear empleos, obtener la participación de jóvenes y personas mayores, y mejorar la seguridad y la salud pública.

Los habitantes urbanos conocen su valor y con frecuencia se han unido para salvar parques y otros espacios verdes cuando fueron amenazados por los promotores inmobiliarios.

En efecto: una de las más grandes ciudades del mundo debe su existencia a un parque. En 1652, Jan van Riebeeck, de la Dutch East India Trading Company plantó lo que hoy se conoce como "El Jardín de la Compañía" para proveer legumbres frescas a los marineros holandeses alrededor del extremo de Africa. La Ciudad del Cabo luego fue creciendo alrededor del terreno - que hoy día cuenta con senderos públicos, fuentes, piscinas, un jardín botánico y museos, y es la sede del Parlamento Sudafricano.


foto: KGH

 
         
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