brirse camino a través de los bosques tropicales de Costa Rica; observar elefantes, jirafas y otros animales en los parques nacionales de Kenia, Sudáfrica o la República Unida de Tanzania; fotografiar tigres en el Parque Nacional Kanha en la India; zambullirse entre los arrecifes de coral de la Gran Barrera de Coral de Australia o en el Mar Rojo; o viajar a través de las desiertas inmensidades árticas de Groenlandia. Llevando su propia carpa: viviendo en campamentos o en aldeas locales, o hasta en hoteles de lujo. Este tipo de ecoturismo está aumentando año tras año.

H. Kersten/PNUMA/Topham

El turismo es ahora la industria más grande del mundo: emplea a una en diez de las personas que trabajan sobre el planeta. Se las necesita para organizar y operar los 800 millones de excursiones que emprendemos cada año, y es probable que esta cifra duplicará dentro de 15 años. Y, desde luego, el turismo no sólo es asunto de viajes al extranjero: menos de la mitad de los visitantes a los parques nacionales de la India proceden del extranjero.

Por supuesto, tal como muchos países o destinos particulares se van dando cuenta cada vez más, con frecuencia la atracción reside en el medio ambiente natural. Uno de cada diez turistas ya es un ecoturista, y la proporción está creciendo a medida que más y más personas viven en ciudades pero desean experimentar espacios y especies silvestres.

El ecoturismo fue definido oficialmente por la Cumbre Mundial del Ecoturismo de las Naciones Unidas como un
viaje que:

  • contribuye activamente a la conservación del patrimonio natural y cultural;
  • incluye a comunidades locales y autóctonas en su planeamiento, desarrollo y operación; y
  • se presta mejor a viajeros independientes y excursiones organizadas para pequeños grupos.
 

PNUMA/Topham
El turismo en masa a menudo ha destruido hábitats naturales, recursos hídricos y otros recursos usados excesivamente, y
ha generado contaminación y desechos, tanto en lugares tan enormemente populares como la costa del Mediterráneo como en zonas remotas como el Himalaya, donde la basura no se biodegrada.

Debemos tratar de caminar con las pisadas más ligeras posibles sobre el mundo natural, y respetar las comunidades locales observando los siguientes:

Informarnos sobre los lugares que visitamos, y descubrir detalles sobre la conducta cultural apropiada.

D. Rock/PNUMA/Topham

Proteger la naturaleza y tratar de no causar daño o quitar plantas o animales amenazados de extinción, ni comprar productos fabricados con ellos.

Apoyar a la comunidad local, por ejemplo comprando productos locales, comiendo alimentos locales en vez de importados, y viviendo en alojamientos propiedad de dueños locales.

Minimizar el impacto medioambiental, deshaciéndonos de la basura con cuidado, y manteniendo nuestro uso de agua y electricidad al mínimo posible.

Pensar en el impacto que hacemos: como huéspedes, no debemos hacer nada que no haríamos en nuestro propio país.

Vamos de vacaciones para tener buenas experiencias. Tratemos que también sean buenas para la gente y los entornos que visitamos.

 

 
         
 
 
 
 

ivas o muertas, las ballenas han sido un asunto
de vida o muerte para la ciu-dad de Provincetown, Cape Cod, Massachusetts. Otrora fue uno de los principales centros balleneros del mundo, de donde se enviaban barcos al Pacífico para cazar estos gigantes. Hoy día gana su sustento llevando a los turistas a observarlas vivas.

La humanidad ha cazado ballenas desde tiempos prehistóricos, pero fueron los habitantes de de Cape Cod quienes transformaron la pesca en una industria. Al principio -igual que los balleneros hicieran durante siglos antes que ellos- solían cazar las ballenas "right" (la palabra inglesa significa correcto), llamadas así porque nadaban lentamente y flotaban una vez muertas, haciéndolas "correctas" para la pesca. Pero al poco tiempo habían matado tantas de ellas que se habían agotado, y empezaron a pescar cachalotes. Estos cetáceos se convirtieron en los pozos petroleros de su día, aportando aceite para lámparas y lubricantes y para la fabricación de velas, jabones y cosméticos, alimento para ani- males y margarina. Su carne proporcionaba alimento y sus huesos se usaban para fabricar herramientas, corsés y botones.

La industria alcanzó su apogeo en 1846, con un total de 736 barcos balleneros operando desde Cape Cod y Nantucket, su isla costa afuera, proporcionando trabajo para 70.000 personas y produciendo 43 millones de litros de aceite por año. La actividad fue inmortalizada en la novela Moby Dick de Herman Melville -basada en una historia verídica de una ballena que había embestido contra un barco-, publicada en 1851.

 

Durante el siglo siguiente, la pesca industrial de la ballena se difundió por todo el mundo, diezmando especie tras especie, incluso las ballenas jorobada, aleta y azul. Finalmente, un cuarto de siglo atrás, la pesca comercial de ballenas fue prohibida, si bien alguna caza continúa bajo capa de "investigación científica". Las naciones balleneras protestaron, alegando que la prohibición devastaría economías locales y costaría empleos, mientras los ambientalistas respondieron que las ballenas serían más valiosas vivas que muertas, puesto que la gente pagaría por ir a verlas en su estado silvestre, cosa que demostró ser cierta.

En la actualidad, los turistas de las excursiones de observación de ballenas proporcionan 60 a 70 por ciento de los empleos de Provincetown, y la proporción todavía está aumentando. Y lo mismo es el caso alrededor de todo el mundo; 87 países y territorios ahora ofrecen excursiones de observación de ballenas. Desde 1991 a esta parte, el número de personas que participan en ellas ha venido aumentando en un 12 por ciento anualmente y ahora representa unos 10 millones por año. Y la cantidad de dinero gastada por los turistas cada año en las economías locales -el precio de la excursión, viajes, comida, hoteles y recuerdos- ha incrementado de alrededor de los 320 millones de dólares en 1991 a arriba de 1.000 millones.

Pero a medida que la popularidad de las excursiones va aumentando, así aumenta el número de barcos que ponen en peligro las ballenas y otra vida marina, disminuyendo también la experiencia para los turistas. Entre las posibles soluciones podría contemplarse la restricción del número de permisos otorgados o de las zonas donde se permite observar las ballenas, puesto que -tal como todas las formas de ecoturismo- debe practicarse de manera sostenible si ha de asegurar un futuro a largo plazo, tanto para las ballenas como para las comunidades humanas que dependen de ellas.

 
  Fotos: Provincetown Center for Coastal Studies      
                 
 

B.P. Zehnder/Still Pictures
K. Schafer/Still Pictures
P. Arnold/Still Pictures
arece que todo el mundo quiere visitar las islas Galápagos. Y no es de extrañar. Las 13 islas que emergen del Pacífico a unos 1.000 kilómetros de la costa de Ecuador albergan una fauna única que las convierte en uno de los destinos turísticos más buscados del mundo.

Durante la última década, el número de visitantes ha triplicado, amenazando lo que han venido a ver: uno de los 20 lugares de mayor diversidad biológica sobre el planeta, con por lo menos 4.500 especies de mariposas, 358 especies de anfibios y 258 especies de mamíferos. Más de 60.000 personas y casi 90 buques visitan la isla cada año, contribuyendo unos 100 millones de dólares a la economía ecuatoriana.

 

Durante décadas, Ecuador ha tratado de reconciliar el turismo con la conservación. Desde el comienzo del turismo a las islas en 1967, ocho años después de haberse establecido el Parque Nacional Galápagos, hizo obligatorio para los visitantes comer, vivir y dormir a bordo de los barcos de excursión -la única manera de llegar a las islas- a fin de reducir al mínimo su impacto. Ha designado zonas para uso turístico y fijado límites para el número de turistas permitido en cualquier momento dado. Todos deben venir acompañados por un guía autorizado, que les informa sobre el medio ambiente local al mismo tiempo de vigilarlo. Además, los visitantes tienen prohibido apartarse de los senderos marcados, dejando algunas zonas intactas. Y la mitad de las entradas provenientes del turismo es destinada a fortalecer el Parque Nacional.

Pero las amenazas continúan, a medida que tanto el número de habitantes como el de los turistas aumenta la demanda para recursos locales y genera más desechos. Y no obstante, cada vez más gente quiere venir a visitar el lugar que ayudó a formar la teoría de la evolución en la mente de Darwin. Será necesario desarrollar políticas que sigan este ritmo de cambio para asegurar que este precioso lugar no sea destruido.

 
     
         
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