as castañas de Pará, hace mucho tiempo una fuente de alimento para los habitantes autóctonos de la selva tropical amazónica, son tan importantes para ellos que hasta se han usado como dinero. Pero su verdadero valor es mucho más grande aún, ya que encarnan la diversidad biológica.

El castaño de Pará, Bertholletia excelsa, un árbol que puede vivir 1.000 años, crece en forma silvestre en Bolivia, en el Brasil, en Colombia, Ecuador, Perú y Venezuela. Sólo una de los millones de especies de insectos, la abeja euglosina, puede polinizarlo, causando el desarrollo de una vaina leñosa que contiene unas 20 nueces.

De modo similar, sólo hay una manera en que las nueces pueden salir de la vaina de forma natural. El agutí, un mamífero roedor de unos 50 centímetros de longitud, rompe la dura cáscara exterior con sus dientes sumamente afilados; cuando ha comido hasta saciarse, entierra el resto para más tarde, plantando árboles nuevos sin darse cuenta.

   

La gente también encuentra deliciosas las castañas de Pará, que además se usan para fabricar aceites para cocinar, productos para el cuidado de la piel y como alimento para ganado. Las vainas vacías a veces se usan como cuencos y tazas, mientras otras partes del árbol, ricas en antioxidantes, se usan para hacer té para tratar dolores de estómago o afecciones hepáticas.

La industria de las nueces de Pará genera decenas de miles de empleos. En el espacio de una década, al parecer resulta más rentable cosechar un bosque para las castañas que talarlo para su madera o para proveer pastoreo.

El árbol es representativo de la delicada red de vida del Amazonas. Aparte de la abeja euglosina, el agutí y los cosechadores de castañas de Pará, muchas otras plantas y animales dependen de él, como por ejemplo las libélulas, que se crían en el agua de lluvia dentro de las vainas vacías.

Y siguen apareciendo nuevos usos sostenibles para el castaño de Pará. Actualmente, los científicos están llevando a cabo unos experimentos para descubrir si es posible usarlo para descontaminar tierras contaminadas, gracias a su capacidad natural de aspirar la radioactividad del suelo.

 
             
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